Por: Ricardo Arias Trujillo

Democracia y cultura política

EN SU CORTA HISTORIA, LA DEMOcracia se ha ido abriendo a nuevas formas de inclusión. En el caso colombiano, tres etapas han marcado de manera decisiva su desarrollo.

En la segunda mitad del siglo XIX, los liberales ampliaron los derechos políticos, eliminando los criterios elitistas que reservaban el ejercicio electoral a los ricos. En los años 1930, el gobierno de Alfonso López introdujo importantes reformas de corte social. La Constitución de 1991 promovió el derecho a la diferencia a través del reconocimiento de las “minorías” religiosas, étnicas, sexuales, etc. El carácter pluralista del Estado constituye un paso más en la ampliación del sentido de “democracia”, que ya no se limita únicamente a los derechos políticos y sociales.

Tenemos, en principio, una evolución democrática cada vez más incluyente. Las cosas son, sin embargo, más complejas, como se constata en la cotidianidad del país. Debido precisamente a los dramáticos problemas que aquejan a la sociedad colombiana se han suscitado algunos debates en torno a la democracia. De una parte, muchos se preguntan si, más allá de los nobles preceptos constitucionales, es posible hablar de democracia con los niveles de asesinatos, de pobreza, de impunidad, de corrupción, etc., que conoce el país. Frente a esas voces críticas, otras se empeñan en rescatar nuestras tradiciones liberales, tales como la ausencia de dictaduras, la cultura electoral, la separación de poderes.

La discusión se puede extender a otros indicadores. Uno de ellos tiene que ver con la cultura política de la sociedad: ¿hasta qué punto los colombianos conocen, valoran y defienden los logros de su democracia? Es muy difícil medir el arraigo a unas costumbres, a unas leyes, a un “espíritu”, pero existen indicios y son preocupantes: por ejemplo, la indiferencia de la sociedad frente al drama de los secuestrados, de los desplazados, de la pobreza; por ejemplo, las desiguales reacciones frente a los crímenes de los grupos armados ilegales.

La debilidad de los valores ciudadanos se aprecia también cuando se trata de condenar las violaciones por parte del Estado al Derecho Internacional Humanitario y a los Derechos Humanos. Aparte de lo que se aprecia en unos cuantos sectores —que por lo general han sido estigmatizados por el propio Estado y por amplios sectores de la sociedad, en otra muestra de lo que es la cultura política del país—, no parece existir una verdadera conciencia acerca de lo que significan esas violaciones. ¿En cuántas ocasiones las medidas que se toman para preservar o para restaurar principios que tienen que ver con la democracia han sido producto de la presión internacional? El famoso primo del Presidente sólo se decidió a expulsar de su partido a miembros comprometidos con el paramilitarismo cuando Estados Unidos amenazó con retirarle la visa. Esa fue la sanción que recibió el ex presidente Samper, quizá la más dura, por permitir que los narcotraficantes financiaran su campaña. Algunos tratados comerciales firmados con otros países se han visto en peligro ante las denuncias de gobiernos y organizaciones internacionales, preocupados por las condiciones laborales de los trabajadores colombianos.

La sociedad ha sido parca, por decir lo menos, a la hora de defender valores esenciales relacionados con la cultura política. Es una sociedad que, salvo contadas excepciones, no emite sanciones morales, como si la violación de los derechos, muchas veces por parte de los mismos miembros del Estado, las conductas ilícitas, la corrupción, las violencias, no fueran un problema serio que afectara profundamente el desarrollo de la democracia.

* Profesor del Departamento de Historia de la Universidad de los Andes.

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