Por: Francisco Leal Buitrago

Democracia y oposición (2)

En mi pasada columna afirmé que la oposición era el eje central de la democracia, al orientarse a supervisar al gobierno en sus políticas y ejecuciones, cumpliendo así su papel de control político para aspirar a ser opción de gobierno.

Anotaba, también, que —por razones históricas— la izquierda se había opacado como oposición, mientras que el país se inclinaba hacia la derecha. Y al final señalaba que el senador Robledo exponía a la izquierda a dilapidar el capital político logrado por Clara López en la primera vuelta al inducir el voto en blanco y la abstención.

Sin embargo, esta dirigente y otros políticos promovieron para la segunda vuelta la participación de la izquierda y otros sectores, llevando al triunfo al presidente Santos. Se espera, entonces, que el Gobierno culmine con éxito las negociaciones de La Habana, promueva reformas en educación, justicia y salud, elimine la reelección, limite la libertad de mercado y avance en la recuperación de tierras despojadas y en la justicia a las víctimas del conflicto. Todo ello para bien de la democracia.

Pero eso no es todo. Los resultados electorales revivieron la opción de una tercería política, pues la competencia entre los egos de los dirigentes la habían dilapidado. En su papel de vigilancia del Gobierno y de apoyo al proceso de paz y a las reformas señaladas, la izquierda y el centro —el de verdad— podrían recuperar esa opción.

La experiencia de la “Ola Verde”, unida a las fuerzas que apoyaron las candidaturas de López y Peñalosa en la primera vuelta, tienen de nuevo la palabra. A estas fuerzas pueden sumarse sectores independientes y buena parte de quienes votaron en blanco o se abstuvieron.

El año próximo habrá elecciones para alcaldes y gobernadores, perfilándose así los comicios presidenciales de 2018. En ese contexto podría generarse un nuevo movimiento que convoque opciones de triunfo en ciudades y regiones, en especial en Bogotá. Con liderazgos convocantes —sin cortocircuitos como el vetusto de Robledo— podría entronizarse un movimiento con opción de gobierno, al tiempo que debilitaría a la derecha retardataria y su actitud opositora a rajatabla.

Ese debilitamiento tendría al menos dos vertientes. La primera, alrededor del frustrado caudillo y sus fanáticos seguidores armados del “todo vale”, y la segunda, entre quienes han sido fruto de la derechización del país y ven al centro como derecha y a la izquierda como castro-chavistas. De esta última forman parte la mayoría de militares activos y de la reserva, producto del conflicto armado, las atrocidades de las Farc y el absolutismo del espíritu de cuerpo de los ejércitos. El encantamiento de la labia histriónica y carismática del caudillo Uribe reafirmó esta vertiente en gran parte de la opinión pública nacional.

Si el gobierno de Santos cumple con su deuda electoral inclinando la balanza hacia la consolidación de la democracia y si la oposición equilibrada apoya las políticas oficiales orientadas hacia ese fin y rechaza las ambivalencias, además de no dejarse seducir con alianzas clientelistas, amplios sectores de la opinión pública podrían salir del ensimismamiento generado por la personalidad pendenciera del expresidente.

Esperemos, pues, que los liderazgos de una eventual tercería aprovechen la nueva coyuntura y guarden sus afilados egos que producen divisiones y derrotas, para no frustrar de nuevo a vastos sectores de la ciudadanía que ansían salir del atolladero en el que se encuentra el país.

 

Francisco Leal Buitrago *

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