Por: Francisco Leal Buitrago

Democracia y oposición

La oposición es eje central de la democracia. Su función se orienta a que los partidos diferentes al de gobierno puedan supervisarlo en sus políticas y ejecuciones, y cumplan así un papel de control político. Pueden criticarlo o apoyarlo según coincidan –o no– esas políticas con sus ideologías e intereses. De esta manera, la oposición es una voz de alerta frente a la opinión pública, y con ello una alternativa como opción de gobierno.

En Colombia, la debilidad de la oposición ha afectado a las instituciones democráticas. Si bien el bipartidismo –y el sectarismo surgido de las guerras civiles– fortaleció la continuidad institucional, también eliminó cualquier opción distinta de gobierno. La izquierda fue absorbida por el liberalismo y cuando el conservatismo apeló a la violencia para mantenerse en el poder la obligó a la clandestinidad.

El gobierno militar fue un intento fallido del bipartidismo para acabar con la violencia. Pero el Frente Nacional que lo sustituyó cometió el error de eliminar la oposición democrática, además de abortar una reforma que buscaba solucionar el problema agrario. Esto fortaleció a la emergente subversión y llevó a la izquierda a fragmentarse y a que algunos de sus grupos la apoyaran. La izquierda quedó estigmatizada y reducida a su mínima expresión, impidiendo que fuese una opción de gobierno. Fue el comienzo de la derechización del país.

La incapacidad oficial de combatir a la subversión y de negociar con ella condujo a que las partes en conflicto usaran medios perversos para sus propósitos. Surgió así el paramilitarismo, en connivencia con hacendados, políticos y narcotraficantes. Y también la vacuna guerrillera en las zonas marginales y el secuestro en comarcas y ciudades. Pero el exterminio de la Unión Patriótica y el asesinato de dirigentes de izquierda y candidatos presidenciales, sumados a la degradación criminal de la subversión, llevaron al clímax la confrontación.

El fracaso del proceso de El Caguán fue el punto de llegada de esos episodios, provocando el repudio generalizado de la opinión pública contra los procesos de paz. Tal situación sirvió para que el candidato que ofrecía mano dura contra las guerrillas y su eliminación en corto tiempo por la vía militar resultara electo presidente.

Uribe Vélez logró reducir en forma significativa la subversión. Pero la imposibilidad de cumplir su promesa de eliminarla le sirvió para entronizar su caudillismo con la aprobación tramposa de su reelección, la polarización de la opinión pública a su favor y en contra de las Farc, el crecimiento inusitado de los gastos en defensa y la culminación de la derechización del país. Por fortuna, la relativa fortaleza institucional del Estado frenó su segunda reelección.

Entre tanto, la izquierda logró reunificarse en una coalición identificada como Polo Democrático Alternativo (PDA). En 2006, en la primera reelección frente al presidente Uribe, obtuvo la mayor votación de la izquierda en la historia nacional. Pero no supo administrar su capital político. Bajo el liderazgo de un grupo radical proveniente de la fragmentación mencionada, el PDA dilapidó ese capital. Su papel de oposición a ultranza –blanco o negro, quien no está conmigo está contra mí– quebró la regla democrática de ser opción de gobierno.

Pese a tal desastre, en la actual contienda electoral se repiten los errores. El congresista Jorge Enrique Robledo distorsionó la realidad política, al punto de equiparar a Zuluaga –ficha incondicional de Uribe– con el presidente Santos. Para la segunda vuelta, el PDA –como colectividad– decidió no apoyar a ninguno de los candidatos y dejar en libertad a sus electores para abstenerse, votar en blanco o hacerlo por alguna de las dos opciones. Desperdiciaron una coyuntura propicia para una tercería con posibilidad de triunfar.

Con Robledo, el PDA se expone a dilapidar el capital electoral que obtuvo Clara López. Lo adecuado hubiese sido negociar un apoyo a Santos, con el compromiso de adelantar reformas sociales fundamentales, sin perder la independencia como oposición.

Pero lo más grave es que abrió la posibilidad de que el radicalismo de extrema derecha –con sus medios del “todo vale” usados en el gobierno pasado– triunfe en la segunda vuelta. Con ello, se opacaría la esperanza de revitalizar la democracia, con todos sus atributos: paz, no reelección, opciones de gobierno y respeto a los derechos humanos y al medio ambiente.

 

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