Por: Pascual Gaviria

Democracia y traición

LA POLÍTICA ES EL ESCENARIO PERfecto para la complicidad.

El ejercicio electoral implica siempre armar un rompecabezas chueco, forzar las piezas, cortarlas un poco, limar los extremos para que sea posible tomarse la foto de campaña. Al contrario, el ejercicio del poder y los pasillos de los palacios, son muchas veces un entorno que empuja a la traición. De modo que el Gobierno, entiéndase el presupuesto, la burocracia, las encrucijadas imprevistas, impone una especie de antídoto contra las confabulaciones, los pactos, los silencios, las claves ocultas de los maletines.

Los recientes casos de Brasil y Colombia son ejemplos inmejorables de por qué toda democracia, por populares que sean sus gobernantes, está obligada a un cambio de tercio para que se ventilen las intrigas y los ajos que van cocinando las camarillas. Durante las elecciones presidenciales en los dos países se habló de Dilma Rousseff y Juan Manuel Santos como simples designados de los mandatarios salientes. Los elegidos no debían tener otra cosa que agradecimiento por sus padrinos. Pero desde la silla de mando todo se ve distinto: cambian los susurros y las obligaciones, aparece el fantasma de la Historia con mayúscula y se piensa en nuevas complicidades para la campaña que viene.

En seis meses Dilma Rousseff ha tenido que sacar de su gabinete a las dos principales herencias del gobierno de su exjefe y copartidario. La causa no ha sido un problema de enfoque en las políticas públicas o de desavenencias personales. Se trató de sencilla corrupción. Primero fue su ministro de gabinete, Antonio Palocci, antiguo hombre de finanzas de Lula y ficha clave para mantener una relación entre el gobierno que salía y el que llegaba. Palocci aumentó 20 veces su patrimonio en los últimos cuatro años, asesorando empresas que sabían de su futuro en el gabinete de Dilma. Renunció frunciendo el ceño y se negó a dar los nombres de las empresas para las que trabajó.

Hace una semana se dio la segunda renuncia. El turno fue para el ministro de Transporte Alfredo Nascimiento. Rousseff había tenido que paralizar las licitaciones durante 30 días frente el ruido según el cual el ministro y su Partido de la República —aliado de Lula y miembro del gabinete desde 2003— pedían un moderado peaje del 4% por cada obra adjudicada. El hijo de Alfredo Nascimiento ganó 26 millones de euros en dos años con una pequeña empresa de arquitectura. La presidenta no ha tenido más remedio que decir que el Ministerio de Transporte estaba “descontrolado desde hacía tiempo”. El “desempalme” se ha producido más pronto de lo pensado.

En México ha pasado algo similar. Felipe Calderón no ha mencionado casos de corrupción en el gobierno de su antecesor y copartidario Vicente Fox, ese es un argumento guardado para pelear contra el PRI, pero la traición ha aparecido en el más importante tema nacional: la lucha contra los narcos. Hace unos meses Calderón lo dijo sin que le dolieran las muelas. Le preguntaron por las actuaciones de Fox y respondió: “El hecho es que cuando yo llego a la presidencia me doy cuenta del enorme poder que han adquirido los criminales, y también entiendo que una parte medular del poder que adquirieron fue por omisión. O por asumir que puede haber cierto tipo de entendimiento con ellos. Creo que cometió muchas equivocaciones en este asunto”.

Es necesario que se turnen en el poder, así sea para que nos quede más fácil hacer el balance definitivo.

 

 

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