Por: William Ospina

Democracia ya

A VECES ES BUENO QUE NO SEA EUROpa la que tome la iniciativa.

El efecto dominó de las manifestaciones árabes en busca de democracia en sus países ahora está alcanzando el suelo europeo, y los jóvenes españoles llevan ya casi una semana manifestándose en la Puerta del Sol de Madrid contra la pretensión de los políticos de todos los partidos de ser los únicos dueños de las decisiones, los únicos conocedores del rumbo de la sociedad y los encargados de mover la historia.

Democracia Real Ya quiere el fin del bipartidismo, quiere la representación de las minorías, nuevas y eficaces medidas contra la corrupción, renovadoras políticas de empleo y efectivas leyes de igualdad y contra la discriminación. Las manifestaciones, o mejor las concentraciones de Madrid, tienen ya réplicas en la Plaza de Cataluña en Barcelona, en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, en Castellón, en Tortosa, en Palma de Mallorca, en Ibiza, en Málaga, en Sevilla, en Huelva, y han llegado a las orillas del Atlántico, en A Coruña, en Vigo y en Santiago.

Es importante advertir que los emigrados españoles, muchos de ellos expulsados por la actual crisis, se están manifestando también en otros países, en la Plaza de la Signoria en Florencia, ante la Embajada de España en Londres, en Lisboa, en Bruselas, en Berlín. Hay quienes presienten ya una extensión del fenómeno y empiezan a hablar de una Primavera Europea.

Desde el comienzo, salvo en el caso harto singular de Libia, donde todo deriva hacia la guerra civil, el rasgo principal de estas movilizaciones ha sido su carácter pacífico. Estos jóvenes están lejos de las viejas teorías que pretendían lograr la paz mediante la violencia, y alcanzar la democracia a través de la imposición. Los medios tienen que parecerse a los fines y, como pensaban los alquimistas, “a lo oscuro se llega por lo oscuro y a lo desconocido por lo desconocido”.

Una de las causas inmediatas de esta revuelta reflexiva y pacífica ha sido el auge de la corrupción en los partidos que administran el poder, y la pérdida de credibilidad y de capacidad de control de los partidos de oposición. Dado que la crisis parece ser planetaria, no es de extrañar que sean los instrumentos más dinámicos de la globalización, las redes sociales, el medio de difusión de estas convocatorias.

Y si en España se discute sobre la realidad de la democracia, qué no diremos en estos países nuestros, donde el sistema de financiación de las campañas políticas, la falta de transparencia y la estratificación de la sociedad impiden la afirmación ciudadana, y donde la capacidad de los gobiernos de manipular y de desinformar hace que la comunidad se entere siempre tarde o nunca de lo que está pasando o de lo que ya pasó.

En una reseña que acaba de hacer de un libro reciente sobre Colombia, Eduardo Posada Carbó hacía un llamado a repensar el papel que ha desempeñado la democracia colombiana y los alcances que ha tenido. Por un momento pensé que Eduardo había optado por mirar las insuficiencias de nuestra democracia y por hacer un llamado a ampliarla y a enriquecerla. En realidad su propósito era el contrario: insistir en la tesis de que nuestra democracia no ha sido anómala, sino que ha contado con “la prevalencia del espíritu liberal”. Siempre he advertido en Eduardo, un pensador de cuya buena voluntad no dudo, la tendencia a pensar que las críticas a la democracia la debilitan y que por ello hay que aplaudir lo que existe, e incluso, a veces, adularlo.

Pero los hechos de España no le dan la razón. En ese país, de cuya democracia esencial nadie podría dudar, los jóvenes están saliendo a pedir más, a exigir una democracia más auténtica, a exigir que esta sea una conquista presente y no una nueva promesa de los políticos.

Menos mal que Eduardo admite que la nuestra es incompleta, pero llena de posibilidades. Aquí, donde el actual gobierno está haciendo verdaderos esfuerzos por corregir algunos de los horrores de una década de arbitrariedad y de antidemocracia, respetando a las cortes, recuperando las tierras arrebatadas, honrando a las víctimas, dejando actuar a la justicia, qué oportuna sería una juventud exigiendo más, más igualdad, más transparencia, más participación, cuando los políticos se aprestan a su eterna pesca de electores y de sufragios.

Vientos de energía pacífica y vientos de reflexión soplan en el mundo y nos convienen a todos. Pero es magnífico que cierta desconfianza ante los tradicionales aprovechadores del poder les den la palabra a nuevas voces y a nuevas ideas. En ese punto, el deber de los políticos profesionales, como ha dicho Rodríguez Zapatero, “es el de escuchar y ser sensibles”.

 

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