Por: Eduardo Barajas Sandoval

Democracias de grandes proporciones

Los procesos electorales en países de talla mayor, como la India, comprometen la voluntad política de una parte significativa de la humanidad y sirven de mostrario de las virtudes y defectos del menos malo de los sistemas por ahora inventados para expresar la opinión ciudadana y configurar una forma de poder político que la represente.

Con más de setecientos millones de votantes posibles, que concurrirán a las urnas en cinco jornadas a lo largo de un mes, para votar en cerca de un millón de puestos comiciales, hasta que salga el resultado a mediados de mayo, las elecciones en la democracia más grande del mundo son también las más complejas y prolongadas.

Las particularidades del proceso que en estos días se inicia no se quedan en los obstáculos del tamaño del país y de la cantidad de los posibles electores. Al interior del subcontinente se aloja una variedad de realidades geográficas, lingüísticas, culturales, económicas, estéticas y sociales que hacen sumamente complejo el escenario político.

Ya los libros del Premio Nobel V.S. Naipaul han mostrado las similitudes inverosímiles entre Macondo y muchas aldeas de la India, con todo su arsenal de recursos míticos y retóricos, relacionados con la vida pública y la actividad política. Es decir que una precocidad extraordinaria hace que los procesos locales, y los nacionales por supuesto, sean intrincados y difíciles de relacionar razonablemente con las mejores prácticas democráticas.

Un país rural, que vive varios siglos atrás, y otro urbano que en muchos casos se adentra exitosamente al tercer milenio en posiciones de punta en investigación científica y prestación de servicios a escala global, coinciden en un mismo espacio geográfico y social y marchan paralelos, con la capacidad de hacer de la India, ya mismo, una de las indiscutibles potencias del mundo, en disputa sin cuartel con la China por ese lugar que sigue al de las grandes potencias tradicionales de nuestra era.

El hecho de que una tradición electoral y unos esfuerzos extraordinarios de compromiso con la democracia se hayan podido mantener a lo largo de más de medio siglo, a pesar de los brotes de violencia, discriminación y corrupción, merece ya reconocimiento. Porque no es fácil que en las proporciones de semejante país se hayan arraigado al mismo tiempo dos convicciones como son la de que allí hacen funcionar la democracia más grande del mundo, y la de que todos saldrán adelante en el propósito de convertir a la India en una potencia universalmente reconocida.

No faltan quienes estiman que las divisiones sociales milenarias, así como una actitud ante la vida que resalta el peso del espíritu sobre el del cuerpo, se convierten en el caso de los procesos políticos y económicos de la India en una especie de problemas resueltos, por los que no habría que preocuparse.

No obstante, el trato que los indios lleguen a dar a esos dos temas se convierte en clave para el refuerzo o el debilitamiento de sus credenciales democráticas. Lo mismo que la forma en la que superen o reiteren ese ritual de reconocimiento y reaclamo de orientación a una dinastía familiar, llamada por accidente matrimonial la de los Gandhi, herederos en realidad de Nehru, cuyos miembros frecuentemente se ven obligados a dejar lo que estén haciendo, o lo que les guste, para mantener una tradición que de manera muy peculiar forma parte del paisaje político y en torno a la cual se presentan incidentes hasta ahora sin fin y más bien con posibilidades de perpetuarse.

 

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