Por: Luis I. Sandoval M.

Demofobia: semilla recóndita de violencia

Siguen sin detenerse un solo día los asesinatos de líderes sociales y reincorporados de la guerrilla que firmó la paz. ¿Cómo se explica semejante horror, sin par en el mundo? Hay muy distintas respuestas a ese justo y elemental interrogante.

Las hay que exoneran al Estado y al actual gobierno de toda responsabilidad, inclusive el Estado sería él también víctima de una violencia originada en narcos, mineros ilegales, clanes, mafias, disidencias, paramilitares, guerrillas, “manzanas podridas” (integrantes de fuerzas armadas y de policía), que asesinan, desplazan, confinan, en regiones determinadas, pero sin que nada sea sistémico. Esa es la lectura oficial del exterminio de líderes y reincorporados.

Otras son las posturas que no están en la orilla del Estado víctima y que sostienen una crítica diplomática, como la de Naciones Unidas y sus valiosos informes, o crítica abierta, como la de las redes de derechos humanos (El aprendiz del embrujo, septiembre 2019), amplios sectores de opinión como DLP (varios pronunciamientos y cartas), o movimientos sociales como el actual paro nacional (Agenda del Comité Nacional de Paro, puntos 1, 5 y 8).

Desde la orilla en que estoy, no justificatoria ni atenuante de las acciones remisas, escandalosas connivencias y protuberantes omisiones del Estado, quiero agregar dos elementos al abanico de respuestas ya conocidas.

Uno de tiempo corto o presente: el amparo de este gobierno a los líderes no es eficaz porque es simulado, como lo es la “paz con legalidad”. Simular es aparentar, hacer algo y dejar de hacer lo sustancial. Habría una coincidencia estratégica entre fuerzas de gobierno, paramilitares y mafias en que es preciso impedir los cambios que trae la paz en materia de tierras, cultivos de uso ilícito, reparación de víctimas, transformaciones políticas, empoderamiento de fuerzas alternativas… El exterminio de líderes, la destrucción del tejido social local, sería la forma más eficaz de impedir los cambios. ¡Espantosa hipótesis! Pero todo indica que es lo que ocurre “sistemáticamente”.      

Y otro elemento de largo tiempo que consiste en percatarse que la historia de hoy ha sido la historia durante toda la vida independiente: una combinación de orden y violencia, en que la violencia se emplea por las élites como recurso para contener y desarticular la fuerza ocasionalmente ascendente de los de abajo.

“En Colombia, desde la independencia, la relación histórica del Estado y los grupos y clases hegemónicas con la violencia ha sido ambivalente. Junto a un discurso sobre la violencia legítima, estructurado alrededor del Estado, se ha utilizado sistemáticamente la violencia extrema o violencia pura contra la oposición política y los movimientos y las organizaciones sociales populares” (Múnera, 2019). 

Algunas de las guerras civiles en el siglo XIX, las varias violencias del siglo XX, los magnicidios de líderes opositores, el exterminio de conglomerados enteros: integrantes del gaitanismo, militantes y elegidos de UP, sindicalistas, campesinos, estudiantes, líderes sociales, reincorporados de las guerrillas, constituyen miles de hombres y mujeres víctimas, en diferentes momentos, del uso de la violencia como reaseguro de la exclusión social y el oligopolio político. Hoy estaría ocurriendo exactamente lo mismo, inclusive abultando las dimensiones de la tragedia.

Esa realidad oprobiosa es la que permite al historiador Camilo Castellanos, en aguda mirada de conjunto, establecer: “En general, entre las élites y el pueblo ha existido un foso insondable creado por la pretendida superioridad de las élites o el miedo que no les permite un sueño tranquilo. Un miedo que no logran disimular con el paternalismo episódico y que se revela implacable en el uso recurrente de la violencia. Pánico al que el pueblo responde en ocasiones con terror que pretende ser justiciero, como el Nueve de Abril. El fruto del pánico y el terror es un régimen fundado en la violencia y el fraude, que no son otros los resultados de una democracia sin pueblo. Mejor, una democracia que acepta un pueblo si y solo si se muestra dócil y adocenado” (Castellanos, 2016).

En la raíz de tal realidad oprobiosa, contumaz, histórica, estructural, aparece la demofobia que es el fastidio por el pueblo al que se considera chusma, plebe, gentuza de baja condición moral,  cuyo empoderamiento hay que impedir a toda costa, es un peligro. Lo contrario es la demofilia: el pueblo se reconoce, se ama, se realiza. El pueblo es sujeto de la política, la democracia, el estado social de derecho.

La demofobia se expresa en continuada estigmatización (ve los inconvenientes que causa el accionar social, no las profundas y válidas razones del mismo), la demofilia se manifiesta en resiliencia guiada por el ethos de vivir, buen vivir y convivir.

Sencilla, seria hipótesis para tratar de entender lo que está pasando. A 200 años de la Independencia ya es tiempo de superar la forma excluyente, mafiosa, violenta, esto es, demofóbica de gobernar. Hay que pasar de la república elitista a la república democrática. ¿Exagerado proyecto?

@luisisandoval,   [email protected]

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2020-01-21T00:00:22-05:00

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Demofobia: semilla recóndita de violencia

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