A demoler llaman

Ahora cuando se ha revelado, como nunca antes, la fractura entre el país político y el real y el desprestigio del congreso pareciera tocar techo, se proponen las salidas de siempre para una situación excepcional o se busca convertirlas en oportunidad política.

Se necesitó del escarnio público, con motivo de la fracasada reforma a la justicia, para que comprendiéramos la magnitud del desgate de nuestras instituciones. No se trató de un “campanazo de alerta” si no de una alarma de emergencia o caos, ante la cual hemos tenido respuestas que van desde el propósito de auto reformarse, expresado por el congreso mediante la creación de una comisión interpartidista, hasta la necesidad de cambiar de nuevo la Constitución, suponiendo que la del 91 ya no es suficiente. Entre tanto, el ámbito judicial permanece imperturbable, como si tal.

Las más de las voces que se escuchan expresan el cálculo político del día a día, como se ha hecho costumbre, mientras muy pocas parecen interesarse por el deterioro institucional, sin darse cuenta que estamos recorriendo, otra vez, la misma ruta que nos trajo hasta aquí: reformar la Ley 5, escuchar a los representantes de una gaseosa “sociedad civil”, que no ha delegado “funciones” y propiciar una nueva e insuficiente reforma política.

Quienes esto proponen seguramente lo hacen convencidos de sus efectos sin percatarse que parten de los mismos supuestos equivocados, según los cuales la política se reduce a la actividad parlamentaria y el congreso es un espacio diferente a los mismos partidos. Se necesita de una buena dosis de ingenuidad y un “algo” de irresponsabilidad para creer que con un foro, reformando el reglamento interno del congreso o consiguiendo un chivo expiatorio, como el secretario general del senado, el asunto queda resuelto. Para “chivos”, la docena de ex presidentes de los congresos sancionados y las decenas de parlamentarios, en sus momentos adalides y ahora en la cárcel. Y las cosas siguen igual, para no decir peor.

Nuestra Constitución establece unos mecanismos de participación que no han sido desarrollados. La descentralización se realizó sin considerarlos, quedándose en competencias y recursos y dejando el espacio libre a la corrupción. Sin participación de los ciudadanos el mandato constitucional queda “cojo”, por lo que nadie debería extrañarse del surgimiento espontaneo de oleadas de malestar ciudadano como las que hemos observado, que no sienten representación en el régimen político.

El desprestigio del congreso no puede explicarse, tampoco, sin observar la opaca actuación de los partidos, convertidos en clubes parlamentarios para cumplir apenas formalidades. La relación entre partidos y gobiernos es resentida por los mismos parlamentarios que se declaran perdedores por el “costo” de la intermediación. La pérdida de credibilidad en los partidos se puede explicar, en gran parte, por ese reduccionismo que no considera la participación, sobre todo, de nuevos protagonistas de una escena fundamentalmente urbana que no en encuentra, en la oferta política, formas de expresión electorales ni de otro tipo.

La satanización de la política se puede explicar con facilidad: la revelación de sus relaciones con narcotráfico, violencia y corrupción podría ser suficiente y comparada con la irresponsabilidad en el proceso de expedición de Leyes, esta resulta un “mal menor”. Pero existen dos consideraciones adicionales: el congreso ha “funcionado” en el país que somos y no en el que deberíamos ser y, por otra parte, es el único que tenemos.

Arriba de otras consideraciones, debemos asumir que siendo la política el escenario natural de confrontación de todo tipo de intereses e ideas, desafortunadamente cada vez más las primeras que las últimas, su pérdida de credibilidad conviene menos a quienes tienen esperanzas en el papel del Estado como promotor del bienestar y el progreso de las sociedades y reductor de los desequilibrios. La política es, quiérase o no, la manera como se resolverán las esperanzas y frustraciones de todos. ¿De qué otra manera se zanjara la diferencia? Colombia ya comprobó la esterilidad de la violencia.

Por eso, aunque congreso y partidos no asuman conciencia de su papel, lo que corresponde es restablecer la confianza en las instituciones que nos ha costado tanto construir, siendo mejor que demoler la Constitución , defenderla y desarrollarla, aunque a veces añoremos más a Bolívar que a Santander por cuenta de nuestras particulares circunstancias. Peor que la mala política es la imposibilidad de expresarse que promueven las dictaduras y cambiar las costumbres políticas es un camino más complejo que hacer un estudio de imagen para determinar la percepción sobre nuestro congreso, expedir otra Ley o convertirlo en objeto de burlas, pero es el único posible.

@herejesyluis

Posdata: la baja en la tasa de interés, aunque tardía, es una buena señal a la economía y un paso en la dirección correcta. 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Sin nombre

Memoria

Los mendigos del mar

Asesinato de un periodista

Bolsonaro: tan lejos, tan cerca