Por: Hugo Sabogal

Denominación Patagonia

Les escribo desde Patagonia, donde bodegas centenarias e influyentes como Humberto Canale, afincada en la provincia de Río Negro, les abrió caminos a nuevos emprendedores en la vecina Neuquén, donde en algo más de diez años se están produciendo vinos para levantar el ceño.

Tan importantes como los vinos es el rápido ascenso de la más nueva región vitivinícola argentina. A Neuquén se le conocían sus manzanas y peras, y, obviamente, por sus ricos yacimientos petroleros. Pero hoy el vino aparece como nuevo valor cultural de la región.

El hombre detrás de este movimiento es Julio Viola, uruguayo de nacimiento y con arraigados ancestros italianos. Al emigrar a Argentina no contaba con mucho: poca plata y un corto paso por la Facultad de Derecho. O sea: escasas herramientas para triunfar.

Pero la Patagonia argentina, con sus 900 mil kilómetros cuadrados de extensión, casi igual al tamaño de Colombia, comenzaba a despuntar en el Cono Sur como un nuevo polo de desarrollo económico.

Viola no tardó mucho en concluir que al crecimiento productivo le faltaba una pata: el negocio inmobiliario. Además, recuerda, “era algo que resultaba afín con mi personalidad”.

Fue así como reunió suficientes fondos para comprar tierras baldías y luego transformarlas en urbanizaciones.

En 1998 gestionó la explotación de un terreno virgen y desértico de 3.000 hectáreas, en la zona de San Patricio del Chañar, a 55 kilómetros de Neuquén. Su propuesta fue introducir un nuevo concepto de manejo agrícola, consistente en fincas, llave en mano, dotadas de la última tecnología. Primero intentó con la fruta, pero rápidamente descubrió que el clima y suelo del lugar también eran aptos para la vid.

Empezó a vender parcelas y bodegas, y se reservó 800 de las 3.500 hectáreas de nuevos viñedos. De un momento a otro se había convertido en viñatero.

Su aprendizaje lo obtuvo visitando más de 100 bodegas en el mundo, porque, “si mi misión era vender un nuevo vino patagónico, no quería ser visto como un charlatán”.

Así nació Bodega del Fin del Mundo, a la que trajo algunos de los mejores profesionales del ramo, como el enólogo mendocino Marcelo Miras.

¿Pero cómo llegó al pegajoso nombre? La idea surgió durante un encuentro con Jean-Marie Chadronnier, quien entonces era el director de Vinexpo, la feria de vinos más connotada del mundo.

En un evento social, Sylvie, la esposa de Chadronnier, le preguntó a qué se dedicaba, y Viola le manifestó que estaba elaborando vinos en la Patagonia. “Mais La Patagonie c´est la fin du monde”, le interpeló ella. “Eso es”, se dijo. “Mi bodega se llamará Fin del Mundo. Además, me di cuenta de que, para el resto de la humanidad, la Patagonia tiene ese encanto de lo virgen, lo lejano, lo salvaje”.

Hoy Fin del Mundo es una de las marcas más calientes en el mercado. Su éxito y posterior asociación con el empresario argentino Eduardo Eunerkian, dueño de la empresa Aeropuertos Argentinos Argentina 2000, le han permitido expandir los negocios y comprar NQN, otra bodega de la zona.

Hoy, 12 años después de la primera cosecha, Fin del Mundo ya figura entre las principales bodegas de Argentina y es una de las más prometedoras del hemisferio austral.

Con este logro, Viola se ha ganado un lugar respetado como visionario y emprendedor dentro de la nueva enología argentina, igual a que lo hicieran en Mendoza, a finales del siglo XIX, otros inmigrantes de origen italiano como Catena, Rutini, Bianchi, Pulenta, Grafigna, entre otros.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Hugo Sabogal

Delicias amargas

El gusto por Croacia

Los vinos que vienen

Lo bueno de la adversidad

Italia esencial