Por: Alberto Donadio

Depardieu

Cuando era niño, Gérard Depardieu pasaba vacaciones con la abuela. En los baños que ella limpiaba en el aeropuerto parisino de Orly. “El vuelo con destino a Río de Janeiro... Yo veía desfilar todas las ciudades del mundo: Saigón, Addis Abeba, Buenos Aires”, cuenta en sus memorias, todavía no traducidas al español.

Depardieu nació en 1948 en el centro de Francia, en Chateauroux, y vivió en dos cuarticos malolientes con cinco hermanos. “No nos bañábamos a menudo, una vez a la semana. Vivíamos unos encima de los otros. Mi madre no nos sentaba a la mesa. Nosotros los niños nunca nos saludábamos, en mi casa nadie decía buenos días”. Desde cuando tenía dos años su mamá —agobiada por un marido bebedor empedernido que se alimentaba con bofe— anotaba que él era el hijo que no debía nacer. También le decía al niño: “Y pensar que por poco no te matamos”.
 
Cuenta Depardieu: “Si logré sobrevivir a las agujas de tejer de mi mamá, ¿de quién podría tener miedo? Tengo una confianza absoluta en mí mismo y en mi destino”. 
 
No fue a la escuela, vivió en la calle. Fue aprendiz de tipografía. Se hizo amigo de un soldado americano de la base aérea de la OTAN situada en su pueblo. Empezó a vender cigarrillos de contrabando, más whisky, camisetas, bluyines. Conoció al hijo de una familia refinada, que le dio la bienvenida en su casa: “Descubro dos padres como nunca había visto: afectuosos, enamorados, respetuosos el uno del otro, ambos bellos de una manera estupefaciente y curiosamente interesados en un muchacho como yo. No les escondo nada de mis padres, de mis tráficos. En su casa todos comen juntos, no se le grita en la cara a nadie sino que se habla, se escucha”.
 
Detienen a un socio con un carro lleno de cigarrillos de contrabando. Delata a Depardieu. Pasa tres semanas en la cárcel a los 16 años. Lo visita el sicólogo de la prisión y le dice que tiene manos de escultor, manos fuertes y bellas, hechas para plasmar, para modelar. Depardieu: “Recuerdo con qué fuerza, con qué autoridad estas palabras me electrizaron de la cabeza a los pies, inflándome el corazón con un orgullo que nunca había sentido. Todavía era un niño, pero si este hombre ve en mí a un escultor, a un artista, no hay duda de que yo soy mejor que el delincuente que iba a ser. Esta es la inmensa belleza de la vida, que un solo encuentro te puede dar más que diez años en los bancos de la escuela. Este tipo que no quiere ver toda la mierda que me rodea en ese punto de mi breve existencia, que se fija en mis manos y pronuncia esas pocas palabras, tiene el efecto de liberarme, de abrirme todas las puertas”. 
 
Depardieu pasa el día en la estación ferroviaria. A los 17 años se encuentra con un amigo, el hijo de un médico que ya antes le había contado que quería estudiar actuación. Ese día parte en efecto hacia París. Le dice que lo acompañe. Poco después Depardieu empaca sus tres camisas y sus dos bluyines y toma el tren para París, sin tener el dinero del boleto. El amigo lo invita a que lo acompañe a las clases en el Teatro Nacional Popular. 
 
“Tengo nariz de púgil, el pelo largo, asusto a las viejitas cuando cae la noche, pero me turba la música de las palabras de Racine”. Un día el profesor se da cuenta de su presencia y le propone que se aprenda de memoria una fábula de La Fontaine para recitarla después en el tablado. A Depardieu se le olvida la fábula. El profesor le pide que improvise algo. Depardieu empieza a reírse, se exhibe descosido de la risa. El profesor lo proclama superior a un cómico de la época que desencadenaba la hilaridad general riéndose en el escenario. Después viene el teatro. Y más de 200 películas. 
 
“No teniendo inhibiciones, sintiéndome vacío de mí mismo, como una página en blanco, para mí es muy natural dejar entrar a los personajes, asumir su voz y su destino. Las palabras de los demás, en vez de las que no tengo. Nunca soñé ser actor. Mi sueño era sobrevivir. Fui actor para salir del analfabetismo”.
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