Por: Juan Carlos Botero

Dependemos de palabras, y viceversa

No hace mucho, ante una clase de estudiantes, les pedí a los jóvenes que anotaran una idea en una hoja de papel.

Algo sencillo, tipo “amo a mi novia”, “estoy cansado” o “tengo sed”. Luego les pedí que pensaran en otra idea similar, pero esta vez sin palabras. Todos iniciaron el impulso de escribir cuando se detuvieron, perplejos. Luego entendieron la lección: sin palabras no tenemos ideas. Ni opiniones, sentimientos, pensamientos o creencias. Las personas, lo han dicho grandes filósofos, somos seres hechos de palabras.
 
Esa idea, que quizás parece obvia, tiene efectos profundos y ante todo liberadores. Porque su consecuencia es ésta: si necesitamos de palabras para articular nuestros actos e ideas, eso significa que, al seleccionar las palabras, somos libres de escoger otras, y, por lo tanto, que somos responsables de nuestras interpretaciones. Y todo depende de la interpretación.
 
Una persona no sabe lo que piensa hasta que no lo articula en palabras. Toda experiencia, para que tenga sentido, requiere de una articulación de palabras. Mejor dicho: de una interpretación. Y eso significa que no somos simples víctimas de lo que nos sucede. Lo vivimos y experimentamos, pero después depende de nosotros cómo lo interpretamos, de qué palabras usaremos para articular la experiencia. Es decir: si escogemos unas palabras, y así la experiencia significa tal cosa en nuestro interior, si escogemos otras esa misma experiencia tendrá un significado diferente. Sin duda, al escoger las palabras, definimos la vivencia.
 
Esa idea, como digo, es liberadora. Porque nos permite ejercer cierto control sobre nuestras vivencias. Ya no asumimos un papel pasivo, resignados a sufrir lo que nos pasa, sino que depende de nosotros, de nuestra actitud y decisión, escoger las palabras que más nos ayuden y que serán las que definirán esa experiencia en nuestro interior. La “viviremos”, entonces, de una forma u otra, y ésa dependerá de nuestra interpretación, de nuestra selección de palabras. Claro: todo esto hasta cierto punto. Si sufrimos una tragedia no bastará que digamos “esta experiencia es buena” para que la vivamos así. Pero sí tenemos, al menos, cierto espacio de maniobra para que esa vivencia sea lo más fecunda (o lo menos dañina) posible.
 
Las cosas nos pasan. Eso es inevitable, y se llama vivir. Pero depende de nosotros de cómo interpretamos lo que nos pasa, y entonces lo que importa es nuestra lucidez y voluntad. Porque nosotros escogemos las palabras que articularán la vivencia, y así como podremos buscar unas podremos buscar otras, y así tener una interpretación alterna. Si no controlamos siempre lo que nos sucede, sí controlamos, en gran parte, nuestras interpretaciones de lo sucedido.
 
Doy un ejemplo. Hace poco una amiga me habló de su crisis con su novio. Tenía todo un discurso sobre ciertas fallas graves en el carácter del hombre. Pero después la volví a ver, y sus palabras eran otras. Sé que él nunca cambiará, me dijo entre otras cosas, y por eso me debo distanciar. La experiencia era la misma, y el hombre seguía igual. Pero al cambiar las palabras de su interpretación mi amiga estaba más en paz consigo misma, y más clara en su rumbo. Nuestras vivencias dependen de nuestras palabras, y esas palabras dependen de nosotros. Y esa idea nos ayuda a vivir.
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