Por: Columnista invitado

Deporte y milicia

La ceremonia de condecoración de nuestros atletas olímpicos por parte del Ministerio de Defensa, celebrada el 4 de octubre en la Plaza de Armas del CAN, fue un emocionante encuentro entre dos actividades tal vez opuestas en sus objetivos y protagonistas, pero unidas en los ideales de construir un país mejor.

Mariana Pajón, Carlos Mario Oquendo, Jackeline Rentería y los Óscares, Muñoz y Figueroa, recibieron la medalla militar Servicios Distinguidos, que otorga el ministerio a colombianos ejemplares y que fue hecha extensiva a los directivos olímpicos, representados en el presidente del COC, Baltazar Medina; el director de Coldeportes, Andrés Botero; el gerente del COC, Héctor Vélez, y quien escribe esta columna.

Me quiero referir a la emoción que transmitió la ceremonia gracias a su solemnidad, organización y mística, características que forman parte de la vida militar, pero también de la deportiva, en esa zona común que comparten.

El ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, y el comandante de las Fuerzas Armadas, general Alejandro Navas, nos conmovieron con sus sentidas intervenciones, en las cuales destacaron de nuestros atletas la disciplina, el esfuerzo, el sacrificio, el amor por el país y la influencia que ejercen en los militares de todos los rangos. Pinzón contó que el 11 de agosto se encontraba en el Cauca por un paro indígena y por combates con la guerrilla, y a la hora de la final de Mariana Pajón en Londres todo se detuvo en una especie de tregua sagrada que dio paso a la algarabía general de la celebración.

Quiero cerrar con una anécdota que vivimos en Londres, al regreso a la Villa Olímpica con nuestra medallista Catherine Ibargüen, aproximadamente a las 2:30 a.m. del 6 de agosto, después de su rueda de prensa tras la medalla obtenida. Los militares que custodiaban el ingreso de los vehículos fueron especialmente serios y, si se quiere, arrogantes con el grupo. Nos sorprendimos al ver cómo requisaban cada centímetro del carro, por dentro y por fuera, con especial cuidado, casi con lupa. Una vez terminó la revisión los militares, que habían sido serios y desconfiados, exhibieron unas inmensas sonrisas y le pidieron a Catherine autógrafos y fotografías.

Algo similar ocurrió en la Plaza de Armas, el viernes pasado. Mientras se cumplió el protocolo de las condecoraciones, los 400 asistentes se mantuvieron tiesos, majos y en orden. Pero una vez finalizó el acto, casi todos rompieron filas y corrieron detrás de los medallistas en busca de fotos y autógrafos, “motín” que obligó a los mismos militares a protegerlos.

Bendita la unión que genera el deporte.

 

* Ciro Solano Hurtado

 

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