A mano alzada

Deportes: entre lo público y lo privado

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La FIFA anunció, el 25 de junio, que el Mundial de Fútbol Femenino de 2023 se llevará acabo en Australia y Nueva Zelanda. Tres días antes Japón había declinado su oferta y dejado solo a Colombia para la decisión final frente a los ganadores. En la evaluación de las propuestas, el dúo triunfador fue calificado con 4,1 puntos sobre 5, mientras nuestra calificación solo alcanzó 2,8 puntos. En buen romance, nos rajamos. Ahora bien, lo que nos interesa aquí es de otra índole y se resume en las declaraciones de los organizadores sobre la selección final. Han dicho que Australia y Nueva Zelanda ofrecen “muy buenas infraestructuras deportivas generales” y que su proyecto comercial “parece el más favorable habida cuenta de los compromisos económicos de ambos gobiernos en relación con los costos operativos del torneo”. Lo cual se confirma al leer las evaluaciones de las propuestas publicadas por la organización.

Deporte, de acuerdo con el Diccionario de la RAE, se define en su primera acepción como una “actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas”. Y en su segunda acepción se entiende como “recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre”. Esto reclama una reflexión en la medida en que lo que se promueve y se apoya desde el Estado no son deportes, sino negocios. Esto queda claro con esta decisión de la FIFA, que coincide con los intereses del Comité Olímpico Internacional en el caso de los Olímpicos de Tokio.

 

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