Por: Catalina Uribe

La depresión del profesor

Ayer buscaba en Internet la noticia de Miguel Trujillo, el profesor de Garzón, Huila, a quien quieren expulsar por enseñar la teoría de la evolución y del Big-Bang.

Como no me acordaba de su nombre ni del pueblo, tipié en el buscador: profesor, Colombia, clase. Me llamaron la atención varios de los artículos que aparecieron en la primera página de los resultados. Entre ellos estaba “La desdicha de ser un profe que vive por hora”, “¿Qué deprime a un maestro en Colombia? y “Lo triste que es ser maestro en Colombia”. La historia de Trujillo se suma entonces a otro de los enemil obstáculos que enfrentan quienes se dedican a educar.

Hemos discutido públicamente las condiciones laborales y la falta de libertad de cátedra de los profesores. Sin embargo, poca atención le hemos dado al discurso alrededor de la profesión. Que las palabras “profesor en Colombia” solo nos arrojen resultados negativos, no es azar. Es la denuncia de lo que creemos. Pensamos que quienes son maestros lo son porque no pudieron con más. Hoy, por ejemplo, sigo oyendo la frase “el que sabe hace y el que no enseña”. Pero, ¿acaso no se tiene que saber enseñar?

Educar es difícil. Tanto así que la tarea se divide entre varios para que unos compensen lo que a los otros les falta. Y aunque debería ser evidente, no sobra repetirlo: la educación no es una categoría amplia que incluye a los educadores. Los educadores son el eje de la educación. Los vivos, que llamamos profesores, y los “muertos”, que guardamos en libros. Ver al profesor como lo señala nuestro discurso, como algo fracasado, perdido, de poca monta, es ver la educación de la misma manera.

Y, bueno, nadie invierte en algo malo. Ni los papás en las matrículas, ni los estudiantes en esfuerzo, ni el Estado en financiación. Ni siquiera los futuros profesores en formarse. Así que si seguimos creyendo que cualquiera puede educar, vamos de verdad a terminar siendo educados por “cualquiera".

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