Por: Andrés Hoyos

DePRImidos

Cuando los mexicanos despertaron este lunes, el dinosaurio otra vez estaba ahí.

Creo que la microfábula de Monterroso cae de perlas para describir el regreso del PRI al poder sin, por fortuna, una mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Y ya que no tenemos mayor idea de qué va a hacer el dinosaurio una vez asuma en diciembre —algo se sabrá al conocerse el gabinete—, vale la pena resaltar algunas de las razones por las que volvió.

Fue esencial la ayuda de Felipe Calderón y de Vicente Fox —este último, de folclórico, votó por Peña Nieto—, porque el fracaso secuencial de los dos gobiernos del PAN dejó a la ciudadanía mexicana sin otra opción que la del cambio. El viraje obvio era hacia la izquierda, pero cuando todas las señales del tránsito político apuntaban a la posible victoria de una socialdemocracia moderna, resurgió del pasado otro dinosaurio, Andrés Manuel López Obrador, el inefable AMLO. El arte de la política empieza con la activación de los propios simpatizantes, y eso él lo hace bien. Sin embargo, la etapa crucial consiste en atraer a los independientes y a los indecisos, y ya en 2006 AMLO se dedicó a espantarlos a ambos, sobre todo después de las elecciones, cuando se demoró 48 días para medio aceptar su derrota, durante los cuales puso patas arriba a la Ciudad de México. Incluso cabe presumir que la guerra improvisada que emprendió Calderón contra el narco partió en realidad de la necesidad de quitarse de encima la campaña de AMLO, dañina, según esto, tanto para el Gobierno como para la oposición.

El espectáculo del ego martirizado de López Obrador, que los mexicanos no pueden haber olvidado, hacía de él un mal candidato para 2012, pese a lo cual se empeñó en repetir, desbancando a la brava la opción mucho mejor que encarnaba Marcelo Ebrard. Durante la campaña, AMLO trató de maquillar su viejo radicalismo populista, pero aquí y allá asomaron las orejas y la gente supo que seguía siendo el mismo. Ahora, por si hacía falta evidencia, anda alborotado negándose a aceptar los resultados y diciendo que sus contrincantes ganaron con votos comprados. El hombre es sencillamente un pésimo perdedor y un megalómano, pues presumir una compra de más de tres millones de votos raya en lo inverosímil. Daña, además, la imagen de la izquierda como un todo al ratificar la sensación de que en este cuadrante político las elecciones y la democracia sólo sirven cuando son para ganar.

El PRI ganó por puntos, no por nocaut, y eso es significativo. El DF, en particular, no le fue favorable. Por lo mismo, el verdadero talante de Peña Nieto se verá pronto, cuando se sepa cómo va a responder a los estudiantes del #YoSoy132 que lo retaron y a la propia capital. El estadista respondería tratando de ganárselos o de neutralizarlos con políticas imaginativas, el dinosaurio vengándose de ellos.

El regreso del PRI al poder es sin duda una prueba de fuego para la democracia mexicana: o se consolida o se debilita durante décadas. Yo espero lo primero. Es imposible en todo caso congelar al país como hacía el PRI en el pasado. A estas alturas hay redes sociales, televisiones alternativas, internet y medios potentes de oposición, y en consecuencia los resultados de las políticas son más visibles más rápido.

En fin, lo que México necesita no es que canten arias de despecho los egos de los perdedores adoloridos, sino que aparezca una oposición lúcida, sin histeria y sin estridencias, al PRI. Ojalá así suceda.

 

[email protected]@andrewholes

 

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