Por: Eduardo Sarmiento

Desajuste de la balanza de pagos

El desplome de los precios del petróleo se presentó hace más de dos meses y no se advierte una acción para enfrentarlo.

Las autoridades económicas le están apostando a la solución por la vía de la recuperación de los precios, la devaluación del tipo de cambio y la austeridad fiscal. Parte de la pasividad se explica por el desconocimiento de las causas y los efectos del choque.
 
La caída de los precios del petróleo se interpreta como un fenómeno accidental de corrección automática. Se equivocan. En los últimos 20 años las cotizaciones han fluctuado entre US$30 y US$50. El ascenso en los últimos años fue el resultado de una acción draconiana de la OPEP para reducir la oferta y subir las cotizaciones. Pero este tipo de manejo no es duradero. El alza de los precios induce la entrada de nuevos inversionistas que aumentan la producción dentro y fuera del cartel. La demanda deja de ser inelástica a los precios y todos encuentran que la mejor estrategia es aumentar la participación en el mercado. Es precisamente lo que está ocurriendo en las circunstancias actuales; los países árabes obtienen mayores ingresos ampliando la oferta y reduciendo los precios. El cartel se quebró, y mientras no haya una acción conjunta no es posible regresar a precios de US$100.
 
La reacción interna a este panorama está inspirada en la creencia de que la modalidad de la tasa de cambio flexible blinda las economías contra los choques externos. La caída de los precios de las exportaciones da lugar a una devaluación que corrige el déficit en cuenta corriente y regresa el sistema a la posición inicial. La realidad es distinta. El efecto de la devaluación tiene lugar por conducto de la elevación de la inflación y la baja de salario real que se manifiestan en las cuentas externas en forma lenta. Lo más probable es que el déficit en cuenta corriente persista y ocasione una contracción de la demanda que se lleve por delante la producción. 
 
En realidad, la naturaleza del déficit en cuenta corriente no se ha entendido. La dolencia es el resultado de las revaluaciones y los TLC que dieron lugar a una quintuplicación de las importaciones durante diez años. Luego, se vio agravada por el desplome de los precios del petróleo. Hoy en día la economía tiene un desbalance de más del 6% del PIB. Por el momento no se observa ninguna compensación por la vía del crédito y el déficit fiscal. En cambio, los estragos están a la vista: las exportaciones cayeron 28% en diciembre, el tipo de cambio registra enormes fluctuaciones, los índices de liquidez revelan síntomas de estrechez y el crecimiento entró en la senda del 3%.
 
El país se equivocó en la prioridad a la minera. Desde un principio señalamos que la concentración en estas actividades deja la economía expuesta a presiones de revaluación y fluctuaciones de los ingresos de divisas, que terminan en la enfermedad holandesa de destrucción de la industria, la agricultura, proyectos improductivos, caída de salario y déficits en cuenta corriente. Ahora, ante la verificación del fracaso, se persiste en superarlo con las mismas ideas que lo causaron.
 
El déficit en cuenta corriente, de la magnitud descrita, no puede enfrentarse adecuadamente dentro de las concepciones convencionales. Las políticas contraccionistas acentúan la deficiencia de la demanda y las expansivas amplían el desbalance de las cuentas externas. Lo que se requiere es un manejo selectivo que propicie la expansión de la demanda y reduzca el excesivo nivel de importaciones, y ello no se puede lograr con un marco macroeconómico de inflación objetivo, tipo de cambio flotante y regla fiscal. En su lugar, se plantea una estrategia combinada de política industrial, regulación cambiaria, reivindicación arancelaria, renegociación de los TLC y déficit fiscal.

 

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