Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Desarrollo versus felicidad?

No sé cuántos de ustedes habrán leído, u oído, la notable intervención de Pepe Mujica, presidente de Uruguay y recto y admirable líder político, en Río+20.

Lo que sí sé es que el suyo es de los videos más vistos en Youtube, una medida de impacto tan buena como cualquier otra.

Yo también disfruté del breve discurso —sí: ¡también habla corto!— de Mujica. Y admiré como tantos otros su claridad, su sencillez y la importancia de los problemas que se atrevió a plantear. Pero, a la vez, parte de su cuento me dejó una vaga sensación de inquietud. Dice Mujica que hemos perdido el control sobre la globalización, que nuestro modelo de desarrollo es insostenible —¿qué pasaría si los habitantes de la India alcanzaran el nivel de consumo de los países desarrollados?, se pregunta como tantos otros han hecho antes que él— y que corriendo tras de vacuos ideales de consumo nos hemos olvidado de vivir. En lugar de la obsesión por el trabajo, que persigue al consumo como un galgo a su conejo, deberíamos concentrarnos en las cosas realmente importantes: los amigos, la familia, los atardeceres (esto último, como lo del perro, es añadido mío).

Creo que Mujica da en el blanco en un punto importante, pero se equivoca en otros dos cruciales. En efecto, es necesario meter dentro del debate político la pregunta de hacia dónde vamos. La sostenibilidad del actual modelo de mercado global está en cuestión, y no está claro que la respuesta sea positiva. Tampoco que sea negativa: simplemente no sabemos bien. Y la apuesta es tan grande que es un acto de sensatez empezar a preguntarse por alternativas viables. Pero me parece que la que ofrece Mujica —primer error— no lo es. Se trata más bien de la extrapolación de un ideal de buena vida privada —que se puede compartir o no— a un problema público serio e importante. Valdría la pena en este contexto recordar que uno de los subproductos importantes —a mi juicio deseable— de la sociedad en la que vivimos es la proliferación de modelos y proyectos de vida, de modos de ser, de tics, de idiosincrasias. Algunas personas querrán dedicar parte significativa de su día a mirar la puesta del sol o a tomarse un par de cervezas con los amigos, otras a tener el mejor auto de la cuadra, aun otras a buscar el bosón de Higgs. Emprendimientos como este último demandan una dedicación obsesiva. Es verdad que aquí podríamos estar llegando al límite. Nunca olvido la aguda observación de Marshall Sahlins, uno de los fundadores de la antropología económica: ningún cazador recolector que se respete trabaja más de cinco horas diarias. ¿Y todavía nos atrevemos a hablar de progreso, cuando tenemos la cruz de nuestras 8, 10... 16 horas de laburo? Pero no hay que olvidar que esas 16 horas pueden ser una cruz y también un regalo, habilitado además por toda una cantidad de precondiciones materiales (comenzando por la energía eléctrica).

Y es en el olvido de la sencilla base material sobre la que estamos inevitablemente parados, en cuanto bichos biológicos que no sólo miran atardeceres lindos sino que comen y se reproducen, donde radica el segundo error de Mujica. Por más que nos angustien las incertidumbres del mundo globalizado —algunas realmente aterradoras—, nuestros países siguen necesitando desesperadamente de trabajo duro, ingenio, innovación e inversión. Eso tiene costos, claro, pero se me antoja que simplemente contrastarlos con un pasado idílico en donde éramos más amables y gregarios es ceder, de manera harto conservadora, a la nostalgia —y a una nostalgia inventada—. Pues ese pasado estaba lleno no sólo de amigos y familia sino de brutalidades inenarrables. Tenemos que repensar el desarrollo, sí, pero mirando hacia adelante.

 

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