Por: Armando Montenegro

Desastre educativo

Los resultados de las pruebas pisa sobre la educación de los jóvenes de 15 años son un desastre.

Confirman que la mayoría de los muchachos de Colombia no aprenden nada o casi nada en la escuela y de allí salen ignorantes a su vida laboral, incapaces de mejorar sus condiciones de vida, condenados a la pobreza. El sistema educativo colombiano, que gasta billones de pesos, emplea a cientos de miles de maestros y acapara los mejores años de vida de millones de jóvenes, es un fracaso.

Las cifras son dramáticas. Entre 65 países, el nuestro ocupa el puesto 62 en matemáticas, el 57 en lectura y el 59 en competencia científica. La OECD anota que los datos de competencias matemáticas de Colombia no son significativamente distintos que los de los tres peores países —Qatar, Indonesia y Perú—. Estamos, literalmente, en el fondo de la tabla.

Los resultados de Colombia en 2012, divulgados el pasado martes, son peores que los de 2009 (aunque los funcionarios muestran, con razón, una leve mejoría frente a los de 2006).

Lo más grave es que entre 2009 y 2012 aumentó el porcentaje de los alumnos que no tienen el nivel mínimo para realizar las operaciones de matemáticas más sencillas: tres de cuatro estudiantes colombianos no pueden hacer las manipulaciones aritméticas más elementales, necesarias para desempeñarse en la sociedad. Y uno de cada dos estudiantes de 15 años no comprende lo que lee: al cabo de más de diez años en la escuela es un analfabeta funcional. La educación que reciben es un engaño.

En cualquier país serio este desastre ameritaría una declaratoria de emergencia (hoy mismo hay una amplia discusión en Finlandia por su pérdida de los primeros lugares en las pruebas de PISA a manos de países asiáticos). Exigiría una revisión de las estrategias, políticas y responsables. Justificaría un examen de lo poco que se ha hecho y de lo mucho que se ha dejado de hacer. Esto no va a ocurrir en Colombia. A juzgar por las reacciones de los actores involucrados, no va a pasar nada. La educación no está en el centro de las preocupaciones de buena parte de la dirigencia del país.

Existe el riesgo de que tampoco se haga nada en los próximos años. El país está concentrado en los temas de la paz: la propiedad agraria, el desarrollo rural, la justicia y la participación política de los guerrilleros. En ese contexto, es posible que estos asuntos acaparen las energías y la agenda del próximo gobierno y, otra vez, se ignore el tema educativo. No nos debería sorprender que las pruebas PISA de 2015 sean todavía peores.

Ni siquiera los partidos de la izquierda tradicional, supuestamente adalides de la equidad, impulsan la reforma educativa. Se limitan a procesar y tramitar las predecibles demandas de los sindicatos de maestros, uno de los componentes de la crisis educativa.

Entre tantas malas noticias, hay un motivo de esperanza. Un grupo de académicos ha venido planteando una reforma, con base en las buenas experiencias nacionales e internacionales y los casos exitosos en todo el mundo. Los estudios difundidos por la Fundación Compartir y la Misión de Equidad y Movilidad Social ofrecen el bosquejo de una completa reforma a la educación, la única esperanza de que los jóvenes de Colombia dejen de disputarse el campeonato mundial de la ignorancia. Es posible que alguno de los políticos, alguna vez, se interese, de verdad, por este asunto.

 

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