Por: Catalina Ruiz-Navarro

Desastres naturales, desastres humanos

Las imágenes del terremoto en Ciudad de México este martes estremecieron al mundo. La frase es un cliché, pero a veces resulta que los clichés lo son por algo. Y es que, desde hace 32 años, en el mismo día, en 1985, la Ciudad de México no recibía un sismo tan dañino como este. Quienes estuvimos lejos, sufrimos la impotencia de no poder comunicarnos con nuestras familias y amigos, y con una gran suerte yo puedo decir que los míos están bien, pero van más de 240 muertos y contando. Eso sin hablar de los derrumbes, las fallas de energía, agua, semáforos. Desde lejos ha sido aterrador ver en estas condiciones a la que puede ser la ciudad más habitada del mundo.

Sin embargo, hay algo en México que es diferente. No solo se tomaron un sinnúmero de medidas, desde el 85, para que la ciudad y sus estructuras fueran más seguras. Sismorresistencia es lo mínimo que se espera en un edificio construido desde entonces, y esto se vio el martes, porque pudo ser mucho peor. También tienen los y las mexicanas una solidaridad ejemplar ante la tragedia, que va un poco más allá de “querer ayudar”, que implica organización comunal y conocimientos sobre cómo lidiar con el desastre. Son los vecinos los que están quitando los escombros, construyendo comedores comunitarios, abriendo sus redes de Wi-Fi, alojando personas sin casa y hasta mascotas perdidas. Ninguna de esas cosas surgen de una bondad espontánea, sino de una conciencia de la ciudadanía sobre qué hacer y cómo comportarse ante los casos de desastre. También hay organizaciones como la Cruz Roja Mexicana (desde el exterior se puede donar en cruzrojadonaciones.org, vía wish list en amazon.com.mx y en México en la cuenta de Bancomer 0404040406) o la Brigada de Rescate Topos (pueden hacer transferencias por PayPal a [email protected] o a cuenta Santander 92000709294).

Esta solidaridad del pueblo mexicano no es improvisada, porque es una nación que lleva años saliendo a marchar a las calles, ya sea en contra de las atroces desapariciones de los normalistas de Ayotzinapa o más recientemente, el domingo, en contra de la ola de feminicidios. México no es perfecto, es un país corrupto y violento, pero también es un país solidario, con una conciencia de comunidad y una empatía por el otro que lo sacó adelante en 1985 y lo sacará adelante ahora.

Nuestra Colombia, en cambio, si bien no es ajena a los desastres naturales, es una tierra privilegiada, sin terremotos o huracanes imprevistos. Nuestros grandes desastres, de hecho, son desastres humanos, pues no se puede culpar a la naturaleza por las inundaciones que vemos cada año en los mismos meses y las mismas poblaciones vulnerables, los derrumbes que suelen ocurrir porque no existe una cultura de prevención de riesgo y una ciudadanía que quiere ayudar para ponerse una estrellita en el pecho más que para resolver un problema. Un ejemplo es cuando ocurrió la —esperada— sequía en La Guajira y nos dio por mandar montones de botellas de agua, que no atendían a las causas del problema (explotación de las multinacionales, corrupción, desigualdad) y en cambio sí dejaron un montón de basura en la península.

Los colombianos le tenemos que aprender a México que no bastan las buenas intenciones si no están organizadas para atender problemas puntuales. Somos un país geográficamente privilegiado en donde todos los desastres naturales son anunciados, y son casi siempre magnificados por la desidia de un gobierno de soluciones cortoplacistas que cada año se sorprende con las lluvias. Los desastres naturales no se combaten con chamanes y rezos, sino con educación y prevención, y deberían ser siempre una oportunidad para aprender y así reducir los daños. Por ejemplo, el terremoto de 1985 fue considerado el nacimiento de la sociedad civil organizada en México, que no se quedó esperando al gobierno para empezar a actuar. Los desastres naturales en Colombia no son tragedias, porque las tragedias son irremediables, imprevistas. Los desastres naturales son una forma en la que la naturaleza nos recuerda nuestra desidia con las zonas vunerables y la corrupción y apatía de nuestros gobiernos y ciudadanía, que suelen dejar de lado la prevención y la empatía para encogerse de hombros en una fácil mediocridad.

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