Por: Doña Gula

Desayuno guajiro

Cada que despunta el sol, millones de personas asumen que se inicia un nuevo día y toman su primer alimento antes de que al astro rey le dé por finalizar su función.

Este asunto, que parece tan elemental, es lo que la antropología interpreta como una costumbre universal, la cual define así: “manifestación cultural que hace presencia cotidiana en todos los pueblos del mundo”. Aclaro: almorzar al mediodía no es un hábito institucional en los cinco continentes; más aún, no en todos los países del mundo se come (léase cenar) antes de acostarse... ¡Eso sí: todos los pueblos del mundo se levantan a desayunar!

En el mundo del viajero contemporáneo, nada más globalizado que el desayuno; conozco y he disfrutado en miles de lugares de aquellas dos categorías internacionales denominadas desayuno continental y desayuno americano, cuyos componentes (jugo, fruta, café, pan, mantequilla, mermelada y huevos al gusto) constituyen la gama de sabores que con mínimas modificaciones se ofrecen en los cuatro puntos cardinales de la tierra.

En mi experiencia de mochilera con chequera, descubrir y degustar un desayuno con sabores exclusivos de la vereda, del pueblo, de la ciudad o la metrópoli en donde me encuentre viajando se convierte en propósito fundamental para el éxito de mi salida. Consecuente con mi columna pasada (“La Guajira defiende su cocina”) intentaré describir el desayuno de tan sorprendente territorio. Veamos: sentarse en una mesa guajira en calidad de invitado foráneo no sólo garantiza saciar a plenitud la hambruna mañanera, pues también a través de una deliciosa conversación se recibe la más cálida y sentida descripción de quién es, cómo piensa y cómo vive “el ser wayuu” y cuán importante es para él la preparación de su cocina, la cual juega el papel de cohesionador social que asegura vivir en armonía.

Así las cosas, entre historias se inició un desfile de aromas, colores, texturas y sabores, el cual resumo así: en calidad de jugo mañanero, degustamos fresca chicha* de maíz alzada en leña (no fermentada); luego llegaron cuatro clases de arepuelas (arepas), una de maíz morado, otra de maíz cariaco, otra cuya masa estaba batida con huevo... y una última llamada de chichiuare, con insinuado anís; sobra decir que en la mesa abundaba el queso criollo de estupendo sabor; enseguida apareció una trilogía de bandejas: albóndigas de macavi (pescado blanco), revoltillo de huevos con pichi (léase chipichipi) y chicharrones de tortuga (daditos guisados y sofritos con sabor a cielo). Los vasos de agua fría abundaban y la desconocida pero muy mentada purantana (semilla sustituta del café) hizo su aparición con excelente aroma y sabor. Todo me pareció impecable. En total fueron más de una decena de sabores que jamás mis jugos gástricos habían disfrutado y que me permitieron comprender la veracidad de sus historias.

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