Por: Andrés Hoyos

Descarrilamiento

EL TREN BALA EN EL QUE IBA EL PE- rú acaba de sufrir un descarrilamiento de proporciones: pasaron a segunda vuelta los dos candidatos populistas enemigos del régimen actual, y debe haber varios economistas al borde del suicidio.

 

Es demasiado pronto para saber si el descarrilamiento implicará reparaciones menores tras las cuales la locomotora recobrará su velocidad de crucero, o si la van a cambiar por otra mucho más lenta y achacosa de los años setenta. Lo que sí está claro es que el modelo de desarrollo consistente en lograr crecimientos espectaculares (el año pasado Perú creció a una tasa del 9%) e incluso reducciones considerables de la pobreza, tiene debilidades inesperadas.

Como no soy experto, no me voy a referir a las maniobras que vendrán de cara a la segunda vuelta del 5 de junio. Prefiero señalar un síntoma imposible de ignorar: que la cabeza de los tecnócratas, y por ende sus fórmulas de desarrollo para un país tercermundista, siguen teniendo vacíos fundamentales. El así llamado Consenso de Washington quedó atrás y sólo los dogmáticos impenitentes se apegan a él. No basta, desde luego, con establecer unos cimientos fiscales y de seguridad fuertes para esperar a que la “magia” del mercado opere, pues dicha magia no surtió efecto en ninguna parte, ni siquiera en el Chile de la dictadura.

El principal problema con el modelo tecnocrático es que presupone una población integrada al mercado y lista a padecer sus vicisitudes, cuya cantidad está obviamente sobreestimada. ¿Por qué? Porque existe una masa muy grande de perdedores del presente y del pasado que no ven ningún beneficio en las grandes aceleraciones económicas o —más decisorio— que comparan su pequeña mejoría con la lotería que se sacan los ricos y les entra una rabia profunda. Esta gente se apega a otras cosas y vota por quien las ofrece: los hay que ingresan a sectas religiosas, otros exigen beneficios directos que, a su parecer, el Estado les debe, y otros más sucumben a nacionalismos como el de Ollanta Humala.

¿Y la democracia? El apego a la democracia es débil en sociedades como la peruana (o la colombiana), lo que lleva a muchos a votar, por ejemplo, por Keiko Fujimori, sin importarles que de triunfar la candidata se cargue la institucionalidad. Ni en Perú ni en Colombia hay partidos políticos modernos (Brasil sí los tiene). ¿Es éste el síntoma o la enfermedad? Cuando una sociedad lleva mucho tiempo aplicando remedios que no curan el mal, lo más probable es que haya confundido ambas categorías. No es que la institucionalidad política o el desarrollo económico no tengan futuro, sino que grupos muy amplios de la población no saben cómo aprovecharlos. El mal quizá consista en que la educación es débil y la cultura folclórica, lo que desemboca en una frágil cohesión social.

En general, al modelo del tren bala lo afecta lo quebradizo de las élites. Kuczynski, por ejemplo, a lo mejor perdió la oportunidad de pasar a segunda vuelta en Perú por no renunciar tajantemente a la nacionalidad americana —apenas devolvió el pasaporte— regalando así un arma crucial a Humala, su rival nacionalista.

Hay esperanzas, así sean tenues. Tanto en Perú como en Colombia la gente parece haber entendido que en medio de la violencia todo progreso es imposible. Fujimori y Uribe derivan su popularidad de eso. Más adelante tal vez la gente adquiera la sofisticación cultural que le permita insertarse de forma masiva en el dinamismo económico. Veremos.

 

[email protected] @andrewholes

 

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