Descontentos con la cultura colombiana, uníos

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Si el Estado responde por la desigualdad y la pobreza, debe asegurar mínimos comunes culturales en la población.

Las noticias nos muestran episodios preocupantes de comportamientos que reflejan una cultura que de estar generalizada nos haría un “país inviable”, pero en realidad no tenemos mediciones porque la cultura de la población colombiana no es responsabilidad de nadie.

Es curioso: se acepta que la desigualdad y la pobreza son responsabilidad del Estado o de una clase (política o económica), pero la cultura, una variable fundamental para los logros de una sociedad, no.

En la estructura del Estado colombiano se cree que le corresponde al Ministerio de Cultura, que se ocupa de los componentes creativo o artístico y patrimonial, cuando en términos amplios el Ministerio de Educación sería el de la cultura, en sus dimensiones cruciales: cívica, económica, medioambiental, política (democrática).

Si un Estado no se ocupa de unos mínimos comunes culturales en la población a través de la educación, sea estatal o privada, no podrá satisfacer adecuadamente las demandas fuertemente relacionadas, como el bienestar social o la seguridad.

Es hora de no confundir el justo elogio de las manifestaciones culturales artísticas del país con una evaluación satisfactoria de la cultura colombiana como un todo.

Algunos creen que la espléndida riqueza artística —con su inclinación a la fiesta— y los evidentes problemas culturales en otros campos de la vida en sociedad —con su propensión a la indisciplina— son un paquete, una “identidad” inseparable, y eso les impide hablar de cambio cultural.

Es hora de quebrar ese tabú y proceder a echar a andar un cambio que puede demorar 30 años en consolidarse. En primer lugar, habría que decirle al DANE que al lado de la encuesta de consumo cultural vamos a medir el desarrollo cultural, en alianza con el Icfes e iniciativas académicas nacionales e internacionales especializadas.

En segundo lugar, habría que adoptar indicadores para la población estudiantil y más allá para distintos grupos etarios y sociales. Ciertamente, tendríamos que lograr un consenso básico que otorgue la debida importancia política a los indicadores de desarrollo cultural, a partir del cual se pueda tener un diálogo con la academia y las mediciones existentes.

En 2022, por ejemplo, tendremos una oportunidad con el Estudio Internacional de Educación Cívica y Ciudadana. En 2016, entre 21 países (europeos, latinoamericanos y asiáticos), Colombia ocupó el puesto 18 en conocimiento cívico. Solo el 17,4% de los estudiantes colombianos alcanzaron el nivel más alto de desempeño.

El 41% exhibió una actitud de aceptación de desobediencia de la ley bajo ciertas circunstancias. El 49% aceptó actitudes favorables hacia la violencia. En la actual irresponsabilidad con la cultura en términos amplios, a pocos les importó, y luego nos sorprende que haya cientos de fiestas clandestinas sin medidas de bioseguridad o se asalte en grupo espontáneo el cargamento de un camión volcado, sin compasión por el pequeño propietario que llora.

Hay que estudiar y decidir cómo mediremos los desarrollos axiológicos, actitudinales y comportamentales al finalizar primaria, básica secundaria, media y terciaria, muy distinto de lo que pasa hoy con la prueba Saber 11, y cómo la educación cumplirá con su función en la cultura cívica y ciudadana. Más ardua será todavía la educación para la cultura económica y la productividad.

Aunque si no hemos sido capaces de avanzar en la promesa presidencial de la cívica y la urbanidad en la conversación educativa, tocará esperar un milagro para que repensemos la identidad cultural colombiana.

@DanielMeraV

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