Por: Fernando Toledo

Desde el MET

Con Ana Bolena, obra que en su momento consagró a Gaetano Donizetti, se inició un banquete que se irá desarrollando durante los próximos meses.

Los seguidores de la ópera, que cuenta con muchos fanáticos desde cuando nació en Florencia a principios del barroco, vieron en directo un montaje que inauguró en el Metropolitan la temporada neoyorquina, ahora que los Tudor están de moda, y que fue tildado por la crítica de esa ciudad como “seguro, eficiente y tradicional”, y disfrutaron, sobre todo, de la hermosa interpretación en el rol titular de la glamurosa soprano Anna Netrebko, la gran diva de esta época, y del soberbio Enrique VIII del bajo-barítono Ildar Abdrazakov.

Gracias a Cine Colombia, que estrena antenas propias por estos días, lo cual garantiza mayores niveles de seguridad y calidad, en los últimos años los públicos de Bogotá, Medellín y Cali, mediante las transmisiones en tiempo real o en las repeticiones, además de la riqueza musical intrínseca en más de dos docenas de títulos con la mayoría de los cuales ni siquiera se soñaba por aquí, se han deslumbrado con lecturas muy contemporáneas y en otros casos convencionales; a menudo con interpretaciones sobresalientes y hasta con aspectos que, aún en el teatro, suelen pasar inadvertidos. Valga recordar, para ilustrar este punto, la lágrima que soltó en un momento de emoción, hace dos años, durante El caballero de la rosa de Richard Strauss, la soprano Renée Fleming y que conmovió a distancia gracias a la fidelidad de unas cámaras que permiten vislumbrar hasta los mínimos detalles de cada función.

Ana Bolena, arrinconada de forma inexplicable durante más de un siglo, pone de presente el interés del MET, como se le llama de manera familiar a una sala que se ha convertido en paradigma, por realizar, además de fastuosas y cada vez con más frecuencia novedosas puestas en escena, indagaciones y rescates de un repertorio extenso que, por fuerza, debe trascender lo que se ha repetido hasta el empacho.

La minuta, que se extenderá hasta abril del 2012, incluye Don Giovanni de Mozart, las dos últimas piezas de la tetralogía wagneriana, Sigfrido y El ocaso de los dioses; Hernani de Verdi, Manón y Fausto del repertorio francés, y la versión contemporánea, en lo teatral, de La Traviata, dirigida por Willi Decker, quien diseñó varios montajes aquí gracias a los buenos oficios de Francisco Vergara, cuando éste aún hacía parte de la llamada Ópera de Colombia. Hay para todos los gustos; cuantos asistan a la singular temporada entenderán, sin la miopía que proponen algunos cenáculos locales alrededor del género, por qué la ópera atrae multitudes y por qué es, sin duda, el mejor espectáculo del mundo.

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