Por: Eduardo Barajas Sandoval

Desde la escuela de Teherán

Cuando Wall Street comenzó su hegemonía financiera, el Bazar de Teherán llevaba ya siglos en ejercicio de oficio similar.

Los persas no son, para nada, nuevos en el escenario internacional. Sus presentaciones en el Asia, y en las relaciones entre ese viejo continente y la joven Europa, llegaron a tener fama, por ejemplo con motivo de sus enfrentamientos con los griegos. Entonces construyeron, como en juego de niños, un canal de 2.000 metros de largo por 30 de ancho que cortó una península sobre el mar Egeo, para que pasaran sus barcos. También dieron lugar, aunque desde el lado perdedor, a las hazañas de Maratón, Termópilas y Salamina. Si hubieran ganado esas batallas, la historia de Europa, y más tarde la de América, habrían sido diferentes. Pero se devolvieron a su espacio y allí siguieron siendo lo que siempre fueron: un cultura poderosa e influyente que más tarde abrazó la fe del Islam. 

El hecho de que en Occidente no se haya vuelto a oír de los persas, hasta que aparecieron flotando en un mar de petróleo, no quiere decir que el proceso histórico de su desarrollo haya sido inexistente o que hayan sido condenados a no salir jamás de la “edad antigua” y de la marca de Zoroastro.  Mejor que muchos otros, supieron precisamente continuar la zaga de su propia cultura, a diferencia de tantos que todo lo que han hecho es beber aquí y allí para no saber por fin quiénes son ni para dónde van. Y es justo esa característica de no haberse plegado de manera total a los requerimientos de la hegemonía occidental de los siglos XVI al XX lo que produce tantos resquemores en América y Europa.

La riqueza petrolera iraní atrajo todos los “favores” de los dueños de los grandes negocios. Los británicos estuvieron allí y, “como corresponde”, trataron de moldear no solo la economía sino la política del país, como lo hicieron más tarde los Estados Unidos. Los pactos sucesivos con los “emperadores” locales facilitaron a estos últimos establecer regímenes autoritarios y represivos. En octubre de 1971, los poderosos del mundo atendieron fervorosos una fiesta de varios días en Persépolis, para celebrar dizque 2.500 años de una dinastía, por invitación del Sha del momento, que era hijo de un militar entronizado apenas en 1925, pero pretendía ser descendiente de Ciro el Grande. Ese mismo Sha, Reza Pahlavi, hizo el esfuerzo de convertir a Irán en una potencia armónica con Occidente, y jugó en ese bando de la Guerra Fría, hasta que el viejo Irán se rebeló y, para volver a sus tradiciones, prefirió facilitar la fundación de una República Islámica.

La echada de Irán fue para los Estados Unidos un golpe tan duro como la tremenda derrota que les propinó Vietnam. Y no fue solamente la expulsión de las empresas, ni la impune toma de la embajada norteamericana por varios meses, con su fracasado intento de rescate de rehenes, sino una actitud de desprecio que llegó a extremos como el de poner en los andenes banderas de barras y estrellas para que la gente no pudiera hacer otra cosa que pisarlas. Actitudes y símbolos que configuraron un clima de animadversión profundo y sostenido que ciertamente fue muy lejos y se granjeó la molestia estadounidense.

Como quiera que, dentro de su proyecto de desarrollo, el gobierno islámico decidió aprovechar los yacimientos de uranio de Gachin, Yazd y Saghand, para producir energía, el mero anuncio desató todo tipo de sospechas sobre el eventual “enriquecimiento” del material, no ya para mover plantas de energía, sino para fabricar armas nucleares.

Claro que, frente al proyecto nuclear iraní, funcionó la hipocresía de siempre, por parte de aquellos que, armados hasta los dientes, predican, en su propio favor, los beneficios de la disuasión, al tiempo que reprochan sin clemencia a quienes podrían llegar a sumarse al grupo, como si solo las armas de los otros fuesen una amenaza para la paz del mundo.

Cuando, para cambiar el ritmo, el presidente Khatami propuso en 1999 un “Diálogo de Civilizaciones”, en respuesta al “Choque de Civilizaciones’ de Samuel Huntington, el desprecio de su par en los Estados Unidos, Walker Bush, no pudo ser más grande. Gesto que suscitó en Irán desasosiego como el de un anciano ante la calentura de un muchacho que todavía se considera infalible, inmortal e invencible. Hasta que llegó Barack Obama y cuidadosamente se sumó a otras potencias contemporáneas para entrar en unas negociaciones que le pusieran orden y le dieran seguridad a la comunidad internacional respecto del programa nuclear iraní. El resultado es el acuerdo de 2015, suscrito por Irán no solamente con los Estados Unidos, sino con Rusia, Francia, China, el Reino Unido y Alemania.

En virtud del acuerdo, Irán se comprometió a suspender los posibles desarrollos militares de su proyecto nuclear y se sometió a la inspección de la Agencia Internacional de Energía Atómica; se creó una Comisión Conjunta para conducir el proceso de vigilancia, se levantaron los embargos comerciales que significaron alivio para una parte y oportunidades de negocios para todas, y se acordó que el embargo de armas continuaría bajo condiciones vigiladas por la agencia ya mencionada.

Todo muy bien, a satisfacción de la Agencia, y de las demás partes, menos de los buitres del grupo asesor de Donald Trump, quien por andar en negocios inmobiliarios, campos del golf y programas de televisión, poco debe saber de Irán. Razón por la cual ha empezado a tomar medidas en contra de un acuerdo que, aunque quisiera, él solo no puede disolver cuando le venga en gana, como cuando decide vender un hotel. La respuesta iraní, vista sin pasión, es otra vez la de una civilización que ya tenía relaciones internacionales cuando ni siquiera se había establecido en Greenwich el meridiano cero, y mucho menos se había fundado Nueva York. Ojalá prevalezcan las voces de los líderes sensatos de los demás países firmantes del acuerdo, para que, por una vez, se entienda que puede existir un mensaje conciliatorio desde la vieja escuela de Teherán. 

 

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