Por: Diana Castro Benetti

Desde la otra edad

Si la muerte no nos tiene otros planes, envejecer resulta inevitable.

Es como si fuera la peste. Un rito de paso vuelto padecimiento que nos va impulsando a entrar en la ruina a la vez que enriquece al cirujano. El poder adquisitivo de la tercera edad se mide en grageas, variedad de suplementos vitamínicos o marcas en las cremas de noche.

Muchas culturas han detestado su vejez pero las modernas, la aborrecen. No quieren salir del espejismo de su eterna juventud. En otros tiempos, ser viejo era la posibilidad de ganarse un puesto de gran sacerdote, la denominación de sabia partera o entrar por la puerta grande al más allá. Los asiáticos aún persiguen la inmortalidad detrás de cada meridiano escondido en el huesito de las rodillas, los alquimistas urbanos aún convierten el plomo en oro y lo beben en dosis homeopáticas y las tribus indígenas aún se dejan atrapar por el espíritu del jaguar para cabalgar en juventud selvática. Vejez y dignidad eran sinónimos y nunca la compañera del desastre sino la conquista de la vida misma.

Pero hoy se envejece con vergüenza. La vejez es la tristeza, el abandono, la negligencia, la ineficacia, la improductividad. Es el mal olor, la fealdad y la carga. Envejecer es ese temor que se pavonea entre las obsesiones de la juventud. Le tenemos miedo a las arrugas, a la tos, al frío, al ataque, a la inmovilidad, al olvido, a la locura. Vida que se esfuma. Se trafica con culpas, resentimientos, rencores y nostalgias y hasta con las pensiones. Entre la fragilidad de los huesos, la falta de visión y las neuronas en detrimento, envejecer es lo único que no queremos que nos ofrezca la vida.

Y más doloroso es envejecer en una sociedad que no respeta a sus viejos que no los valora, ni los ama, ni los consulta. Los viejos son invisibles. Los escondemos. La piel manchada, los ojos caídos y la voz desde otra edad, los viejos son hoy lo que seremos nosotros. Aprendizaje profundo porque es claro que sin los viejos seguiremos siendo una sociedad mutilada y parida a medias. Pero quien sepa leer entre las arrugas se dará cuenta que la vejez es el destino de haber hecho lo que se pudo o la sabiduría de haber compartido afecto y vida. La vejez es la loca pasión decantada y la sabiduría del silencio. Es lo no dicho y la paciencia que se viste de espera o del hubiera que nunca fue. Nos guste o no, nos duela o no, la vejez es la cruda expresión del pasado que seremos.

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