Desde una hamaca

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Escribo artículos desde hace unos 40 años, uno o dos por semana, durante 52 semanas cada año… Si hago las cuentas de páginas siento una especie de vértigo, un vacío en el vientre, una sensación de que voy en caída libre por un precipicio que no puede tener otro final que estrellarse contra las piedras. Me falta el aire. Cuando me quedan apenas tres horas para la hora de cierre del periódico, muchas veces, siento que esta semana no seré capaz. Que tendré que inventar una enfermedad, una calamidad doméstica, una disculpa tonta. Lo único que me calma del terror ante la página en blanco es que durante estos decenios siempre he conseguido terminar algo más o menos decente para mandarle al director.

En diciembre, por Navidades, muchas veces escribo el mismo artículo que siempre se titula igual: “Desde una hamaca”. Y casi siempre cito a una amiga a la que no conozco, Ana María Mesa: “la hamaca es el mueble ideal para leer”. Leer, leer es lo mejor. Y en una hamaca, muchísimo mejor. Lo bueno de las fechas y de las fiestas de final de año es que le dan a la vida una apariencia de círculo, como si las cosas fueran cíclicas y todo volviera para renovarse. El planeta completa otra órbita alrededor del Sol y todavía estamos vivos, montados en él, y colgados de una hamaca que pende de dos palos. A finales de diciembre, en el trópico andino, el clima es apacible, la temperatura perfecta, y todavía hay agua, pájaros, mariposas. ¿Hasta cuándo? Yo sueño que mis nietos puedan vivir todavía algo así, si el calentamiento global lo permite.

El frenesí del año, los afanes, las luchas, las derrotas, los triunfos, las iras y las risas, se detienen al fin. En la casa vieja que nos dejó de herencia mi padre, que le dejó de herencia mi abuelo, que le dejó de herencia la bisabuela, nos juntamos más de 40 personas, una familia ruidosa, alegre y peleona al mismo tiempo. La más vieja se llama Cecilia, tiene 94 años, va a la Plaza Mayorista a hacer el mercado para esas 40 personas, y todos giramos a su alrededor como planetas y lunas alrededor de una estrella mayor. La nonagenaria, la matrona, cumple años el 25 de diciembre; por eso su nombre en la partida de bautismo es: María Cecilia Ana de la Natividad de Jesús. Nacer en la misma fecha del niño Jesús debe tener sus ventajas astrológicas. La astrología es una gran bobada, lo sé, pero si hubiera Dios este escogería el mejor día para hacer nacer a su hijo, supongo.

Esta vez la nonagenaria tiene una bebé sobre cada rodilla, las otras dos bisnietas que le nacieron este año: Matilde en septiembre, Amalia en octubre… Sanas y atónitas, con los ojos inmensos muy abiertos, tratando de entender las dichas y los ruidos de este mundo. Lloran y se ríen, comen, y por supuesto hay que cambiarles el pañal. Desde la hamaca dejo de leer, miro esas tres mujeres, y deseo que ojalá un día las dos bebés sean nonagenarias, todos nosotros estemos muertos y olvidados, pero una familia inmensa gire en torno a ellas, como pequeñas lunas buscando un ancla que le dé sentido al vértigo de los años.

Alrededor de la hamaca tengo más de 15 libros para leer este final de año. Cuando me llegue el 8 de enero y todo se termine, quizá no haya leído ni siquiera la mitad, distraído por esta familia ruidosa que me obliga a jugar cartas, dominó, mímica, diccionario, lobos y corderos, a cantar villancicos, bambucos y boleros, en fin, la dicha cíclica de estar todos juntos y seguirnos queriendo. “El sueño de ser buenos y felices”, que alguna vez nos inculcaron y tratamos de cumplir. Yo ya no pido tanto como ser feliz. Me conformo con no ser terriblemente infeliz, es decir, con que no haya tragedias. Eso he aprendido viviendo y leyendo: que aspirar a la felicidad es mucho pedir, y hay que conformarse con que no haya algún horror, nada más. Que no maten a nadie, que no nos vuelva idiotas un golpe o una enfermedad. Que un rayo, una tormenta o un incendio no nos tumbe la casa. ¿Será mucho pedir?

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