Por: Ana María Cano Posada

Deseducar

EL DESCONCIERTO DE LA SOCIEDAD con los jóvenes. La ausencia de autoridad. La falta de instancias que asuman los límites. El incierto horizonte de responsabilidades borradas para los muchachos. Los colegios, los papás y el Estado en un triángulo perplejo, desconocen cuál se hace cargo de tantos desmanes en la generación sin límites.

La publicidad consagrada a convencer de que la juventud es la única edad admisible y deseable. La violencia convertida en el trámite fácil de la frustración y la confusión de papeles y lugares en el mundo.

Cómo no recordar que hace 30 años una obra como The Wall, y otra como La naranja mecánica, combatían una educación represiva que tenía rezagos victorianos. Hace menos de dos generaciones, una búsqueda de libertad estaba en el ambiente; unos revoltosos querían hacerse cargo de un cambio ideológico mundial; tomaban la transformación del futuro en sus propias manos. Pero muy pronto ese territorio de ideas y cambios fue ocupado por el consumo, y la educación perdió sentido ante la urgencia de tener satisfacciones inmediatas, para necesidades creadas. La economía y el mercado dictaron sus propias reglas. La sociedad comenzó a someterse a este nuevo orden.

Estas dos consideraciones sobre educación nacen de la mención reiterativa en los últimos meses sobre bandas juveniles, sobre estragos de peleas callejeras, de venganzas, de accidentes por embriaguez, del uso de armas en niños y preadolescentes, que abarca a todas las condiciones sociales colombianas.

La violencia temprana señala esta incapacidad social de asumir la educación como el instrumento básico para reconstruir la convivencia. Papás, colegios, Estado, todos, se muestran incapaces de asumir la necesidad imperiosa de educar y ser educados. Y es sintomático del estado de cosas, el que los representantes de la legitimidad y el prestigio; los actores de papeles sociales atribuidos al conocimiento, a la experiencia, a la relación familiar, a la justicia, declinen a representarlos, o se declaren impedidos para poner en vigencia las normas; y a tener conductas imitables para los que las aprenden a su alrededor. Por el contrario, a nombre de la comodidad, de la renuncia a “tallarse”, se deja al arbitrio de cada cual, lo que hace o deja de hacer, con las consecuencias ya vistas. El miedo de ejercer un papel de control lleva al descontrol, en el que la responsabilidad siempre es ajena.

Es fácil vaticinar el efecto masificador del caos en esta época antieducativa, cero formativa, de permisividad total, y comprobar que la agresión social es cada vez más la única relación espontánea entre los muchachos. Y también entre los mayores, claro. La responsabilidad compartida por la sociedad adulta en este desmadre hace que los cuervos que criamos nos saquen los ojos.

La discusión sobre la responsabilidad legal que tienen los de menor edad en sus actos es importante para definir la justicia que debe implantarse para ellos, pero no menos definitivo es el debate social sobre cuál es la educación, o la forma de deseducar, que hemos establecido. El encargo adulto no es delegable ni en la casa ni en el colegio ni en el Estado. Esta violencia que se oye son gritos de quienes necesitan saber lo que se puede y lo que no se puede hacer, porque esta incertidumbre los hace lanzarse unos contra otros, ángeles exterminadores, desprovistos de toda línea y de certezas.

Quién educa, dónde y cómo educa es tema de primer orden en esta sociedad descosida.

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