Por: Hugo Sabogal

Desembarque californiano

El extenso paisaje vitivinícola de este estado norteamericano es un mundo por descubrir que prepara su armada para llegar a Colombia.

En una ocasión anterior, con el título de California Dreaming, intenté delinear el inmenso y complejo retablo de los vinos californianos. En ese momento fui consciente de que era más lo que estaba dejando por fuera que lo que estaba logrando apretujar en unas pocas líneas.

La semana pasada, cuando volví a visitar esas tierras de suaves colinas y verdes viñedos, me convencí de que California es casi inasible. Metafóricamente hablando, es una especie de lienzo interminable, que tal vez nadie logrará dibujar en todos sus pródigos detalles.

Tan entretenida como reveladora, su historia enológica —íntimamente ligada a pueblos milenarios, la colonización española, la dominación mexicana y posteriormente la fiebre del oro— tiene protagonistas de distintas nacionalidades y de diversos orígenes sociales, económicos y culturales. Las bodegas más añejas, por ejemplo, exhiben antepasados alemanes, rusos, suizos, italianos, franceses, húngaros, españoles, anglosajones y, por supuesto, mexicanos, entre otros. Hoy, los inmigrantes de dicha nacionalidad conforman las dos terceras partes de la fuerza laboral de la vitivinicultura regional.

A lo largo de casi tres siglos, los emprendedores del vino han armado proyectos modestos, muy enfocados en el trabajo agrícola; otros han erigido fastuosas mansiones, e, incluso, imponentes castillos de corte medieval, y los más contemporáneos han estado levantando bodegas ultramodernas y altamente tecnificadas, donde la mano del hombre se siente replegada.

En estas líneas tampoco conseguiré decirlo todo sobre California. Pero sí dejaré las bases sentadas para que, en posteriores entregas, consigamos ir deshilvanando la leyenda del vino en el sudoeste norteamericano. Porque un hecho es cierto: la armada californiana ha comenzado a prepararse para desembarcar en nuestras costas, y sólo se encuentra a la espera de que el Acuerdo de Libre Comercio entre los gobiernos de Colombia y Estados Unidos entre en vigencia.

Con sus 38 millones de habitantes, California es el más populoso estado de la nación y el tercero en extensión, después de Alaska y Texas. Si California fuera un país, sería el cuarto productor mundial de vino, después de Italia, Francia y España. Además, contabiliza cerca de 3.000 bodegas registradas y un nada despreciable ejército de 4.600 viticultores. A simple vista, posee el doble de emprendimientos que Argentina (quinto productor mundial) y 20 veces más que Chile.

La magia de sus vinos debe entenderse en función de su impresionable patrimonio de suelos y microclimas, condición fundamental para alcanzar la diversidad vitivinícola. Tal es su tesoro natural, que acumula 107 de las 188 áreas de producción vitivinícola reconocidas por el gobierno federal en todo el territorio de la unión.

Las bodegas regionales producen más de 60.000 etiquetas. Además, California es la provincia vitivinícola de mayor caudal exportador en la nación, con 90% del total. Y la mitad de esa producción se envía a los países europeos, donde el vino californiano ha obtenido mucha acogida.

En nuestro mercado, sin embargo, los vinos californianos son poco conocidos y apenas ahora comienzan a multiplicarse las bodegas disponibles. En la actualidad existe un pequeño contingente de etiquetas y denominaciones, que incluyen a E & J Gallo (Sonoma, Central Coast y Napa), Mondavi (Napa), Cline (Oakley, Carneros y Sonoma), Paraduxx (Napa), Duckhorn (Napa), Goldeneye (Mendocino), Raymond Collection (Carneros) y Clos du Val (Napa).

Pero esta situación cambiará sustancialmente en los próximos dos años. La recién lanzada compañía de vinos Treasury Wine Estates —resultado de la escisión del poderoso grupo australiano de cervezas Foster’s Group— anunció el pasado viernes, en San Francisco, que nuestro mercado figura entre los destinos foco de Latinoamérica. Stephen Brauer, director administrativo para las Américas, nos reunió a periodistas, importadores sommeliers y especialistas de Colombia, México, Chile y Costa Rica, y nos contó que su gran avanzada se apoyará en Beringer, su marca emblemática, que ya está presente en el mercado colombiano.

Para entender de qué calibre serán los protagonistas, Treasury Wine Estates nos llevó a la sede de Beringer, en Napa, y allí podimos entender por qué es la segunda firma de mayor reconocimiento en Norteamérica, después de E & J Gallo. Creada por inmigrantes alemanes, en 1876, los enólogos de la bodega han elaborado 134 cosechas consecutivas. Además, Beringer ha obtenido la mayor cantidad de puntajes por encima de 90 puntos por parte de publicaciones como el Wine Advocate, de Robert Parker, y las revistas Wine Spectator y Wines & Spiritis. Su Cabernet Sauvignon y su White Zinfandel son las etiquetas de mayor venta en Estados Unidos.

Sentados a manteles en Hudson House, uno de los edificios históricos del complejo de Beringer, la enóloga-jefe, Laurie Hook, se sentó a mi lado. Hablamos de si haber permanecido más de 20 años haciendo vinos en la misma bodega no la lleva a hacer vinos repetitivos y monótonos. “Para nada”, me dijo. “En Beringer nos caracterizamos por ser inquietos. Más bien, nos hemos dejado llevar por la intuición. La verdad es que, con el tiempo, hemos aprendido que los vinos únicos y excepcionales son el resultado de asumir riesgos”.

En verdad, este mismo credo lo cultivan otras bodegas líderes como Stag’s Leap, Château St. Jean, Etude, Souverain y Cellar No. 8, entre otras, todas pertenecientes a Treasury Wine Estates.

Visitamos cada una de ellas y verificamos sobre el terreno que, una vez se abran las compuertas comerciales hacia Latinoamérica, California se sumará a Chile y Argentina como proveedor importante de vinos de la región. Ya lo es en México, Puerto Rico y otros países centroamericanos.

 

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