Por: Eduardo Sarmiento

Desempleo desbordado

La economía no va bien. En febrero el desempleo aumento con respecto al año pasado y se sitúo en el nivel más alto de América Latina. El empleo creció menos que la población y se ubica por completo en la informalidad.

Las autoridades económicas se mueven por las cifras globales y los comentarios de los organismos internacionales. Sin beneficio de inventario, están empeñadas en mostrar un éxito económico que no corresponde con la realidad. Como se mostró en la última columna, el aumento del consumo de la economía está representado en importaciones, y la actividad económica y el empleo decayeron en los últimos meses.

Curiosamente, los neoliberales consideran el desempleo como un problema microeconómico. Lo ven como un índice estadístico aislado que depende únicamente del salario. No han entendido que el desempleo es la manifestación más gráfica del infortunado modelo que ha prevalecido en el país durante los últimos 20 años. Tal como se observa en las cifras de las cuentas nacionales, estamos ante una estructura productiva liderada por la minería, que es la actividad que genera menos empleo en la economía, y por los servicios, que se caracterizan por la poca productividad, el bajo salario y por el predominio de la informalidad.

El país está recogiendo lo que sembró. La economía no puede avanzar más rápido que el sector servicios, con modesto empleo y creciente informalidad.

El falso diagnóstico se manifiesta en el Plan de Desarrollo y en las prioridades oficiales. En diciembre las autoridades económicas acudieron a todo tipo de artificios para forzar una disminución del salario mínimo en términos reales, que en buena hora fue rectificada por el presidente. Los programas de empleo se reducen a unos apoyos menores a las empresas medianas y pequeñas, así como a exenciones de los parafiscales para los trabajadores jóvenes. Si se tiene en cuenta que el monto del subsidio corresponde a 0,5% del PIB, es fácil deducir que la solución no guarda relación con la magnitud del problema. A esto se agrega la actitud olímpica del Banco de la República, cuya Junta responde al aumento del desempleo con alzas en las tasas de interés.

No será fácil modificar las tendencias laborales con la creencia de que el desempleo es un problema de elevados salarios y que la salida es reducirlos. Lo mismo puede decirse de la fábula que exime a la política monetaria de toda responsabilidad en la desocupación. En contravía con estos mitos, el planteamiento es un subsidio a la creación de nuevos empleos en el sector formal.

Mal podría creerse que la financiación proviniera del presupuesto, que se halla totalmente descuadrado por la reforma de la salud, la restitución de tierras y la ola invernal. En la práctica, no existe otra opción que la conformación de un fondo financiado con préstamos del Banco de la República e inversiones forzosas a los títulos de ahorro. La fórmula no elevaría los costos laborales y les daría capacidad de compra a los desempleados y subempleados para adquirir los bienes que están en capacidad de producir.

Todos los caminos conducen a Roma. La solución de fondo al poco crecimiento, el aumento del desempleo y de la informalidad es el cambio de modelo. Hay que modificar el Banco de la República, redefinir las prioridades sectoriales y conectar el mercado laboral con la macroeconomía. Un primer paso sería la creación del fondo de empleo para subsidiar en medio salario mínimo la contratación de nuevos trabajadores en el sector formal.

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