Por: Juan Manuel Ospina

Deshojando la margarita

El Papa Francisco habló del conflicto palestino-israelí con palabras sabias y humanas, profundamente humanas. Leyéndolas, me dije que ni mandadas a decir para el caso y el momento colombiano: “para conseguir la paz se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no al doblez. Para todo esto se necesita valor, una gran fuerza de ánimo.”

Mientras pensaba en las palabras papales para escribir esta columna, me topé con el discurso del novelista Arturo Pérez-Reverte en la entrega de los premios de periodismo del diario madrileño El País, que complementadas con las de Francisco, facilitan entender nuestra circunstancia nacional, agravada en estos años: “ …aquí (en España), con frecuencia, todo asunto polémico se transforma, no en debate razonado, sino en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor, sino el sentido común … diálogo de sordos, a menudo en términos simples, clichés incluidos, de derecha e izquierda… se trata de adversarios, bandos, sectarismos heredados, asumidos sin análisis…”.

Las dos citas nos dan elementos útiles para entender nuestra realidad como colombianos que vivimos situaciones que en mucho son semejantes a las vividas en otras latitudes, pero que acá se mezclan en un cóctel explosivo, fatal para un país que a gritos clama por dejar atrás décadas de dolor y sangre, de injusticia y pobreza, que nunca debimos haber vivido y que bajo ninguna circunstancia estamos dispuestos a seguir padeciendo. Por eso, pretender dividirnos entre los amigos de la paz y unos supuestos enemigos de ella, no solo es falaz sino irresponsable.

La desconfianza, el miedo y los personalismos desmedidos se tomaron el escenario y el discurso político, despertando sentimientos encontrados “en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor sino el sentido común” para citar al español y que nos aleja de poder pronunciar un “sí a la sinceridad y no al doblez” como reclama el Papa, para que con valor, mayor al requerido para la guerra, podamos decirle sí “…al encuentro y no al enfrentamiento… al diálogo y no a la violencia… a la negociación y no a la hostilidad…”. Palabras a tener en cuenta para continuar y respaldar las negociaciones habaneras, independientemente de quien gane el domingo, pues por encima de su querer individual está la decisión ciudadana, con voz de nación, que quiere cerrar ese triste capítulo de nuestra historia.

El lunes vamos a amanecer con un país dividido, polarizado por los miedos y víctima ya no de la guerrilla, sino de la lucha a muerte entre Santos y Zuluaga. Uno de los dos, estará tendido en la arena, rumiando su derrota. Para ese momento las ideas citadas tendrán un gran valor, pues entonces el país le exigirá grandeza al ganador; solo así la desconfianza, el miedo y las emociones encontradas que han marcado el proceso electoral podrán abandonar tanto la escena política como el estado de ánimo de los ciudadanos, condición necesaria para que el presidente electo no tenga en entredicho su gobernabilidad, su respetabilidad y el reconocimiento ciudadano, en momentos en que los necesitará y mucho.

Precipitar decisiones respecto a las negociaciones, abortaría el logro del consenso ciudadano que requiere una negociación que necesita ser la expresión de un compromiso de la nación y no de una de sus partes, con el respaldo de una mayoría ciudadana. Esa condición no la otorgaría su sola refrendación en las urnas, pues más que votos de aprobación, requiere que los ciudadanos sientan que en la negociación se cuenta con ellos, solo así comprenderán y aceptarán que en ella “todos ponemos”, pues no será gratuita, y “todos participamos” pues no será impuesta sino fruto de un compromiso socialmente deseado y compartido. Lograrlo no es fácil, pero es posible y sobre todo es necesario; solo así la paz tendrá bases sólidas para recorrer el complejo camino que la haga realidad, que solo será posible con un país ni polarizado ni contaminado por miedos y odios.
 

 

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