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Designatura y vicepresidencia

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A raíz de los problemas que ha debido afrontar la señora vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, se ha vuelto a plantear el tema de los segundos de a bordo. La verdad es que esas suplencias presidenciales tienen sus propias historias. Por ejemplo, al amanecer del 23 de mayo de 1866 el designado Santos Acosta, quien era a su vez comandante del Ejército, le dio golpe de Estado al presidente Tomás Cipriano de Mosquera. Todo lo tenían preparado para dos días antes, pero el alzamiento debió aplazarse porque el sastre encargado de confeccionar el uniforme —siempre tan incumplidos— no entregó su trabajo. Cuando lo concluyó, se registró el golpe de cuartel y el general Acosta se posesionó ante la Corte Suprema de Justicia por estar cerrado el Congreso. Luego, arrogante, estrenando el vestido, pasó revista a los batallones de la Guardia en la Plaza de Bolívar y, al cesar los toques de las bandas militares, se dirigió al país con voz de presidente constitucional.

Por su parte, la vicepresidencia tuvo su fin en el gobierno del general Rafael Reyes cuando, gracias a la mediación del nuncio de su santidad, monseñor Francesco Ragonesi, renunció el vicepresidente, Ramón González Valencia. Este, que también era general de la República, ante la posibilidad de perder una batalla, hizo votos de castidad de por vida que el prelado de la Iglesia le revocó con la condición de dimitir.

En el caso actual de la vicepresidenta Ramírez, el suyo es un matrimonio feliz que no solo tiene una sociedad conyugal sino también una comercial. Construyen castillos en el aire y también en la tierra, con buenos resultados. Él pone ladrillos y ella construye su futuro y ambos están atenidos no solo a los buenos resultados de la empresa sino también a los éxitos políticos y administrativos de la alta funcionaria. De esta manera tendremos vicepresidenta para largo. Si se retira para aspirar a la candidatura presidencial para el próximo período, al marido le corresponderá abrirse espacio, así sea apenas en un Rincón.

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