Desigualdad y pobreza

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Se habla de desigualdad social y pobreza como si fueran lo mismo. En realidad, ambos son términos muy distintos, y las consecuencias políticas de esta diferencia, muy grandes.

La desigualdad social es la diferencia de la distribución de recursos en una sociedad. La pobreza es el acceso a los recursos. Las dos no están necesariamente correlacionadas. Mayor desigualdad no implica mayor pobreza y viceversa. Según el índice de Gini (el más utilizado para medir la desigualdad de ingreso), El Salvador es el país con menor desigualdad de América Latina, considerablemente menos que países muy desarrollados como Singapur. Sin embargo, nadie que no tenga relaciones cercanas en El Salvador preferiría nacer ahí que en Singapur. Y es que este país asiático, pese a ser más desigual, prácticamente no tiene pobreza. Absolutamente toda la sociedad vive con estándares de vida muy altos. El que hace no muchas décadas fue un país pobre hoy tiene un PIB per cápita de 65.000 dólares, casi el doble que el Reino Unido, su antiguo colonizador, y más de 10 veces el PIB per cápita de El Salvador. Ocupa el segundo lugar del Índice de Libertad Económica de The Wall Street Journal y la Fundación Heritage, el primer lugar del Informe PISA de la educación, el octavo lugar del Índice de Salud de Bloomberg, y es reconocido por su alto nivel de movilidad social (lo que solemos llamar meritocracia).

La equivalencia semántica entre desigualdad y pobreza ha sido muy perjudicial para la política económica y la vida cívica. Es importante entender esto para poder hacer un análisis de realidad y diagnosis social correcto. No se sufre por desigualdad económica; se sufre por pobreza. No se vence la pobreza con redistribuciones cortoplacistas; se vence con producción y creación de riqueza a largo plazo. Es hora de que en Latinoamérica dejemos de alimentar relatos que llevan a actitudes y políticas que aumentan la pobreza y crean espirales en las que la frustración mal entendida lleva a mayor frustración. Yo abogo por reformas profundas que nos acerquen a Singapur, por dejar de satanizar a los que crean empleos, por empezar a formar sociedades de confianza y por reemplazar la espiral de la frustración con la espiral de la prosperidad. Tal vez debiéramos dejar de pensar en desigualdad de ingreso y riqueza dentro de cada país, y empezar a pensar en desigualdad material entre nuestros países y los desarrollados. Esa si sería una comparación constructiva.

José Ignacio Orias

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