Desigualdades

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En estos días se han repetido hasta la saciedad expresiones como “todos estamos en esto”, “lo superaremos juntos” y “todo va a estar bien”. Aunque tales clichés seguramente tienen algún propósito —como elevarnos el ánimo colectivo—, en el fondo actúan para minimizar las profundas desigualdades que salen a flote en coyunturas críticas generadas por fenómenos como la guerra, las recesiones económicas, los desastres naturales y las pandemias. Suponer, como han afirmado algunos políticos, periodistas y analistas, que COVID-19 es un “nivelador” social —porque todos somos susceptibles de contraerlo— y no un amplificador de las injusticias e inseguridades que ya padecen los grupos sociales y países más vulnerables del globo, es tapar el sol con las manos.

En Estados Unidos, que concentra el mayor número de casos del virus en el mundo, la correlación entre las categorías de clase, raza y edad, y las tasas de infección y mortalidad, es alarmante. Después de las personas mayores que residen en ancianatos, la población afroamericana reporta el número de muertes más desproporcional, lo cual se ha atribuido a su menor acceso a servicios idóneos de salud y prevención, y a las condiciones subyacentes de hipertensión, diabetes y enfermedad coronaria generadas por esto.

En el caso de niños en edad escolar, y estudiantes de educación superior o técnica, la imposibilidad de acceder a la escuela ha revelado globalmente la existencia de desigualdades múltiples de ingreso familiar, vivienda, alimentación y acceso a internet, y amenazado con revertir un mínimo de equilibrio social logrado justamente a través de la educación. Como las mujeres recargan la mayor parte del trabajo no remunerado del hogar, el cierre escolar también las ha afectado de forma distinta que a los hombres, más aún en el caso de las madres solteras, que representan porcentajes significativos de las pobres a escala internacional. Para las víctimas de la violencia doméstica, que está al alza en estos días, no poder salir del hogar es una amenaza, no un refugio. Y enfermeras, empleadas domésticas, trabajadores de supermercado, conductores y repartidores de comida son ahora “esenciales”, pese a ser mal pagados y más vulnerables a enfermarse por sus circunstancias socioeconómicas.

Estas y muchas otras realidades vividas reflejan el hecho de que la distribución del poder y del bienestar descansa sobre jerarquías de identidad y el lugar ocupado por distintas personas en ellas. Sin embargo, como la identidad no es unidimensional, diversas categorías sociales como clase, género, raza, etnia, orientación sexual, edad y discapacidad conllevan a formas interdependientes y entrecruzadas de discriminación y opresión. Esta condición —conocida como interseccionalidad— permite ver que las inequidades de riqueza, ingreso, salud, educación, acceso a la tecnología y tenencia de la tierra, entre otras, no se (re)producen de forma lineal, sino que existe una fuerte relación entre todas ellas. No se trata, además, de una “falla” en el sistema, sino un resultado directo de las estructuras políticas, económicas y sociales existentes. Así, aunque la interseccionalidad ofrece un lente analítico más comprehensivo tanto para entender como para diseñar políticas que remedien las desigualdades, si no se hacen las cosas de manera dramáticamente diferente cuando “esto” termine, quienes menos pueden absorber los costos de la crisis serán quienes pagan sus mayores consecuencias. Como siempre.

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