Por: Eduardo Sarmiento

Desinfle de las bolsas

La propagación de la recesión mundial obedece al aumento de ahorro en EE.UU. y la caída de las exportaciones.

En marzo de 2007 escribí una columna con título similar. En ese entonces las bolsas mundiales experimentaban grandes caídas que revelaban la fragilidad del orden económico mundial, en el cual los excesivos ahorros de los países emergentes, en particular de Asia, se enviaban a Estados Unidos para ser colocados en la valorización de los activos. En el artículo sostuve que la estructura no era sostenible y en algún momento tenía que venirse abajo. Asimismo, advertí que la desvalorización de activos ocasionaría un exceso de ahorro sobre la inversión que provocaría el desplome de la producción que tendería a reforzarlo y se trasladaría al resto del mundo.

Hoy en día el panorama no es muy distinto. Ante la ineficacia de la política monetaria de baja de tasas de interés, de rescates bancarios y de la política fiscal, en el desespero las autoridades económicas propiciaron toda clase de estímulos para que los inversionistas adquirieran acciones y bonos, y elevaran sus cotizaciones, es decir, inflaran la burbuja. Se confiaba que la recuperación de la riqueza y la mejoría de las expectativas inducirían a los agentes económicos a aumentar el consumo y la inversión. Los resultados están a la vista.

Las cotizaciones del Wall Street, de dispararse en el tercer trimestre sin causar mayores efectos reales, cayeron 10% en el último mes. Se regresó al mismo estado de 2007.

En el último año y medio la tasa de ahorro personal subió de 0 a 6% del PIB y el crédito de consumo ha descendido en forma persistente y creciente. Contrario a todas las visiones clásicas, neoclásicas y keynesianas, la recesión estadounidense ha coincidido con una elevación del ahorro que tiende a acentuarla y nulifica totalmente las políticas monetarias y fiscales.

La crisis, que se inició con la caída de los precios de los activos, se ha hecho cada vez más internacional. Como es apenas natural en un quiebre del orden económico mundial, al final adquirió la forma de caída de las exportaciones y el colapso de la balanza de pagos. Por eso, los mayores damnificados son los países pequeños dependientes de las ventas externas, y los mejor librados países grandes, como China, India y Brasil, que disponen de mayor margen para sustituir las exportaciones por el mercado interno.

Los países que mejor entendieron esta realidad fueron los asiáticos. Todos ellos aplicaron políticas fiscales altamente expansivas para aumentar el gasto público efectivo y en forma soterrada acudieron a las políticas de ampliación de los mercados internos. De esta manera lograron contrarrestar los grandes desplomes de las exportaciones y del producto a finales de 2008 y comienzos de 2009, y mostrar mejores desempeños que el resto de regiones.

En contraste, los países de América Latina, en la falsa creencia de que se trataba de la simple ruptura de la burbuja financiera, dieron por dado que estaban blindados por el sector bancario y que la normalización vendría de afuera. Se equivocaron en materia grave.

Las caídas de las exportaciones se manifestaron en cuantiosos déficit en cuenta corriente que provocan caídas monumentales de la producción. Las políticas fiscales y monetarias no hicieron mayor cosa para contrarrestarlas; no fueron más allá de bajar las tasas de interés que subieron en demasía y aumentar los déficit fiscales en montos similares a la disminución de los recaudos tributarios.

Tan cierto es esto que las caídas registradas en el  IV trimestre de 2008 se han mantenido o incrementado. Aún más diciente, los mayores impactos se presentan en México, Chile y Colombia, los más fieles adeptos al consenso de Washington y a las doctrinas del FMI.

En este momento, los principales factores de propagación de la recesión mundial son el aumento de ahorro en Estados Unidos y la caída generalizada de las exportaciones. Mientras persistan esas condiciones, las fuerzas recesivas tenderán a mantenerse y las políticas convencionales resultarán ineficaces o insuficientes. La solución de fondo depende de la capacidad mental de los líderes de apartarse de las concepciones que predominaron en los últimos 25 años.

En Estados Unidos se plantea una cuantiosa devaluación concertada con el resto del mundo y la baja de los salarios para propiciar la sustitución de las importaciones por la producción nacional, en tanto que en los países emergentes, como Colombia, es necesario aumentar el déficit fiscal, revisar la estructura arancelaria y elevar el salario mínimo para ampliar la demanda interna.

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