Por: Lorenzo Madrigal

Desinformación y autodiagnóstico

TODAVÍA PIENSO QUE LOS QUE SE mueren son los demás, decía Calibán, abuelo del presidente Santos.

Y de veras que así pensamos los sobrevivientes, en este mundo de paso. Pero no deja de estremecer la revelación sorpresiva de que un mal grave aqueja a personas cercanas como al vecino dictador venezolano, Hugo Chávez Frías.

Contemplar a un hombre en pleno vigor físico y en buena edad, atacado ya no por opositores encarnizados, ni por un envenenamiento o por un accidente aéreo provocado (como Roldós, como Barrientos), sino por la más despiadada enfermedad que ha vencido a la ciencia médica, es asistir sobrecogido al devenir del mundo y a su patética historia.

La noticia recorrió varias etapas. Primero fue una información mermada, cuando se llegaron a manipular videos con fechas ingenuamente resaltadas. Como si se tratara de un secuestro. Pero la mente aún clara de Fidel Castro no toleró las que pretendían ser pruebas de aparente salud. Debió decirle a su pupilo que comunicara, ya sin rodeos, cuál era su verdadera situación.

Sin que todo haya quedado claro. Un exministro de Venezuela, invitado a diálogo por Claudia Gurisatti en La Noche, ha dicho algo incontrovertible: ninguno de los que han transmitido la información médica directa es conocedor del tema.

Más aún, el propio Chávez se ha convertido en el insólito paciente  que da un parte médico sobre su propio estado de salud. Y lo da con términos muy ajenos a él y a lo que puede saber un profano. Ni en su peor momento, el hombre fuerte de Venezuela admite que ha dejado de ser dueño de su destino y con gesto de mando llama a su entorno a los santos de su religión y a los espíritus de la llanura.

Es siempre un misterio el estado de salud de un jefe de gobierno, mucho más cuando se trata de un gobernante absoluto. Fue, si mal no recuerdo, Yuri Andropov, sucesor de Brezhnev, y quien gobernara el Kremlin por pocos meses, el líder  cuya muerte se conoció ocho o diez días después de haber ocurrido, en febrero del 84.

Muchos secretos seguirán guardándose en el vecino país. Posiblemente callará “Aló, Presidente” y  pocos sabrán acerca de quién encarna un real factor de poder. Tal vez lo sea Raúl Castro, igualmente anciano como su hermano, pero algo más erguido, mientras los otros dos amigos inseparables, hombres fuertes cada cual en su país, se sostienen el uno en el otro para las fotografías oficiales.

Que el incompasivo carcelero de políticos, también con cáncer, como Peña Esclusa, sea cubierto con piedad por el manto de la Virgen. Nos identificamos con él como ser humano en dificultades y que los manes del extenso llano escuchen su clamor: la ‘bolefuego’, el jinete sin cabeza y los demás duendes de la llanura.

 

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