Por: Columnista invitado

Desinformación y guerra de banderas españolas

Por Wilber Rico *

“¡Esto es la guerra!”, espetan a secas los españoles cuando existe un desacuerdo. Y da la sensación de que buena parte de la prensa en Colombia especula y da por cierta tal exclamación a propósito de lo que ocurre en Cataluña hoy. En efecto, “es la guerra… de la desinformación”. El conflicto catalán es de por sí complicado y, al otro lado del Atlántico, tal arsenal de términos complejos les estalla en la cara: Govern, Estatut, comunidad autónoma, Parlament, Congreso de los Diputados, autogobierno, autodeterminación, etc… Que sepa, solo conozco uno o dos periodistas colombianos cubriendo in situ esta histórica ruptura española. Pero mal.

Trece años en Barcelona observando a esta sociedad, a su cultura, a sus usos y costumbres, a sus gestos, a su manera de discutir la política con tolerancia y sin violencia me han hecho copartícipe de sus decisiones: he votado tres veces en los recientes dos años: dos por elecciones generales al Gobierno nacional y una por el Govern de Cataluña, mi comunidad autónoma o ‘departamento’, como llamamos en Colombia. El Estatut, en catalán, es su Constitución, y ha sido modificado en más de sus 100 artículos por el Partido Popular, el del presidente de Gobierno, Mariano Rajoy. Las últimas elecciones del Govern de Cataluña en 2015 fueron de película (debe recordarse que en España no se elige a personas: el elector vota a una lista encabezada por el presidente de cada partido. A mayor votos conseguidos, ítem número de escaños para ese elenco. Una vez conseguidos el total de diputados, cada grupo propone su candidato a presidir el gobierno regional que saldrá elegido por voto, voz en alto y en público por cada diputado).

En 2015 elegimos los 135 diputados del Parlament de Cataluña así: la coalición Junts pel Sí (Juntos por el Sí), compuesto por Partido Democrático de Cataluña PDeCat, Esquerra Republicana e Iniciativa Cataluña por los Verdes ICV, consiguió 62 escaños no alcanzando la mayoría para gobernar por aquello de la mitad más uno. Le siguieron en orden Ciutadans (Ciudadanos, de centroderecha) 25 escaños; el Partido Socialista de Cataluña PSC, 16; Podemos con 11 escaños, el Partido Popular de Cataluña PPC con 11 y dieron la sorpresa los independentistas radicales Candidatura Unitaria Popular CUP con 10 y un partido no adscrito con un escaño. Por primera vez en la historia del Parlament, unos antisistema, la CUP, tenían la llave para darle el gobierno al candidato de Junts pel Sí. Luego de negociar algunas consellerías (secretarías) declinaron su voto por el PDeCat a cambio de la cabeza de Artur Mas, el entonces repitiente candidato a president y que le sucediera otra persona: es aquí donde aparece en escena Carles Puigdemont, alcalde de Girona, nacionalista independentista, periodista y un convencido de la soñada república catalana. Nadie le votó. Fue escogido a dedo por su gente de PDeCat, los nacionalistas burgueses herederos del molt honorable (muy honorable) Jordi Pujol, el todopoderoso expresident de Cataluña por 23 años y a quien hoy la sociedad catalana le trata como un “apestoso” social tras ser imputado por corrupción junto con su familia. Se habla de un desfalco de hasta 50.000 millones de euros durante su gobierno. El PIB de muchos pequeños países. Así entonces, Puigdemont está a merced de quienes le pusieron: por un lado le aprietan sus amigos nacionalistas burgueses dispuestos a negociar más autofinanciación con el gobierno de Rajoy y por el otro los anticapitalistas de la CUP sedientos de una ruptura total con Madrid y de la proclamación de la República Catalana sin objeción ninguna.

Esta semana será clave: aunque se habla de más de 400 empresas huidas, la salida de grandes bancos y multinacionales afincadas en Cataluña, como CaixaBank, Banco Sabadell, Catalana de Occidente (seguros), Gas Natural Fenosa, Freixenet (cava), Oryzon (farmacéutica), Service Point (cotizaciones), Eurona (telecomunicaciones), Proclinic Expert (laboratorios dentales), Dogi (textil), han puesto en el filo de la navaja al Govern dada la inseguridad jurídica que les significaría una república (según expertos economistas y catedráticos, Cataluña tiene un PIB de 211.000 millones de euros y una deuda de casi 76.000 millones), datos que demuestran la inviabilidad de un Estado a corto y mediano plazo. Entre tanto, en las calles de Cataluña y Barcelona se respira incertidumbre y cierta decepción por la realidad económica ocultada por los independentistas e insuflada por la oleada de manifestaciones de todos los bandos: los pro-España, los ‘indepes’, los de movimiento Parlem (Hablemos) el sábado pasado y los de Societat Civil el domingo cerrando la semana flanqueados por el Nobel Vargas Llosa en la tarima de la Estació de França y ante un millón de personas con un “visca Cataluña y viva España”.

Con un horizonte social y político enturbiados resulta un tanto intranquilo tomarse un café en cualquier terraza de la Barceloneta, en la Gran Vía, en Paseo de Gracia o en mi barrio de Fort Pienc sin verse rodeado de gentes enfundadas en banderas rojiblancas, esteladas o de ambas y arrastrando el sentimiento en el cuerpo. Aun no salgo del asombro que causa el ser testigo de este hecho histórico, pero más impacto me produce el que, pese a los actos violentos del 1° de octubre, las sociedades española y catalana discuten y exigen a rabiar sí, pero en el fondo de su espíritu prevalece la experiencia aprendida de guerras pretéritas y el don de comportarse como un pueblo pacífico.

* Periodista, máster y doctorando en Literatura Universidad Autónoma de Barcelona.

 

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