Desinterés retroviral

Noticias destacadas de Opinión

Es cierto que ocasionalmente, por no decir que es recurrente, la conversación en torno a la pandemia puede llegar a ser abrumadora. No hay novedad en comprobar que el encierro en casa, junto al festival de decretos y excepciones, las invitaciones a “reinventarse”, las noticias falsas y el bochorno del oportunismo político pueden llegar a generar desilusión. Pese a esto, vacunarse con altas dosis de indiferencia, como si fuese una prescripción con aval irremediable, no es más que ignorar la responsabilidad que se tiene frente a un hecho de naturaleza transversal y que, en consecuencia, requiere un mínimo grado de sincronía social para sobreponerlo.

Si se tiene en cuenta que durante el presente contexto cerca de la tercera parte de la población nacional ha manifestado algún síntoma relacionado con depresión, ansiedad o somatización —según el estudio “Psy Covid”, desarrollado por la Universidad Autónoma de Barcelona, con la colaboración del Colegio Colombiano de Psicología—, es entendible que más de una persona encuentre remedio en abstraerse de la coyuntura. El tema es que, ya sea por física necesidad, desesperanza o apatía, desentenderse del desenlace de la pandemia no constituye un avance hacia la solución de la misma, y, por el contrario, le termina trasladando la tarea a los demás que ya la están haciendo.

Ante esto es común asumir que para estar en posición de contribuir hay que pertenecer a alguno de los rubros esenciales para la vida humana: salud, servicios básicos o bienes de primera necesidad. También es frecuente pensar que para sumar es necesario madrugar con la radio, suscribirse a un periódico, almorzar con el noticiero y entender la mitad de lo que se dice en las alocuciones presidenciales de todos los días.

Por fortuna, la acción de aportar no está circunscrita a un perfil en particular ni requiere abundantes recursos para marcar la diferencia. De hecho, el mero acto de reconocer la importancia del tapabocas, y usarlo, ya genera un cambio por sí solo, pues como lo afirmó el doctor Robert Redfield, director de Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, la pandemia podría controlarse en 4 a 8 semanas si todas las personas usasen un tapabocas durante ese período.

De la misma forma, tampoco hace falta dimensionar la caída que tendrá el PIB, o saber siquiera qué es, para poder incidir positivamente en él. Porque, aunque la variación que una persona pueda generar en este indicador sea poco y nada, está claro que el ábaco de una microempresa o el de una familia campesina sí notará la pequeña compra que cada individuo pueda hacer.

Así las cosas, más allá de esa narrativa fantástica sobre “reinventarse” —que, entre otras cosas, se ha confundido con migrar forzosamente hacia las videollamadas—, la situación demanda comprobar que el desinterés no es retroviral ni constituye el aporte que como sociedad se necesita. El país depende de la versión implicada de cada uno, esa que a su manera puede sumar, resistir y sobrellevar la contingencia, y que aunque deprimida, en pijama y con dolor de espalda es versión y, como tal, puede ponerse un tapabocas y avanzar.

Tomás Tibocha

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Comparte en redes: