Por: Alfredo Molano Bravo

Deslindes

Desde cuando dejé de pensar —hace muchos años ya— en que la revolución social pasaba por la guerra, me convertí en fanático de la paz, excepción hecha de la propuesta del nefasto binomio Turbay-Camacho Leyva que les ofrecía a las guerrillas un arreglo a cambio de la rendición.

 Los militares —y Turbay era coronel honorario— querían repetir la negociación que años atrás había hecho Rojas Pinilla con Guadalupe Salcedo y con los principales comandantes de las guerrillas del Llano y que consistió en llamarlos a conversar en Monterrey, Casanare, encerrarlos en un potrero, y rodearlos de tropa hasta que firmaran. Después de la foto de rigor —Guadalupe a caballo dándole la mano al general Rojas, jefe supremo, segundo libertador de a pie—, el Gobierno mandó matar uno a uno a la mayoría de los firmantes. Y la guerra continuó.

Creo que es la historia con que sueñan Uribe y Zuluaga, ver a Timochenko entregando armas en La Uribe para después dar de baja al resto de mandos, guerrilleros y simpatizantes. No creo que esa foto sea posible. Más aún, pienso que el señor Zuluaga puede ahorrarse el plazo que le daría a la guerrilla para entregarse porque los negociadores de las Farc se levantarían de la mesa antes de que la carta llegara. Se abriría así un nuevo y largo capítulo de sangre, aunque también de florecientes negocios de los socios de la guerra. Desde el año 1985 se han ido en plomo y ruido 260 billones de pesos: dos presupuestos nacionales de hoy.

Yo he sido un crítico permanente de Santos y seguiré siéndolo. No comparto ni su política de seguridad ni su política de desarrollo; he creído, como él cree ahora, que la guerra no sólo es injusta, sino que va en contravía de un desarrollo equilibrado. Los paros de campesinos y agricultores, maestros, transportadores, empleados oficiales, obreros petroleros, mineros artesanales demuestran que la mermelada se esparce sólo en la superficie. Pero debo reconocer también que, pese a la gritadera del ministro de Defensa y de los apetitos que encierra, la negociación con las Farc en La Habana representa una esperanza de resolver el problema del conflicto armado por la vía civil. El fin de la guerra no implica de hecho el fin de los conflictos sociales, pero sí su trámite civilizado, comenzando por los que nunca ha podido resolver el establecimiento: los agrarios.

La firma del acuerdo de los tres primeros puntos, y sobre todo del tercero, sobre narcotráfico, demuestra la voluntad de las dos partes de llegar al final. Cierto que nada está firmado hasta que todo esté firmado y que quedan todavía dos puntos álgidos. Pero hoy la posibilidad de un acuerdo redondo no cae en el más allá.

En cambio, regresar a las masacres; a los falsos positivos; a la chuzadera; a los agroingresos de los notables y de sus hijos, primos y parientes; a los arreglos notariales de tierras paramilitares; a los despojos, y a su principio político “le rompo la cara, marica” es una pesadilla.

Por estas razones me tomaré la libertad de votar, no por la paz exactamente, sino por la continuidad de las negociaciones en La Habana con las Farc y por su ampliación al Eln. Por lo tanto, por Juan Manuel Santos. Votar en blanco o abstenerse es también votar a favor de la sangre y el fuego.

495791

2014-05-31T22:00:00-05:00

column

2014-05-31T22:00:08-05:00

none

Deslindes

9

3356

3365

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alfredo Molano Bravo

Mientras regreso…

Desparchados y encombados

El “Alfonso Cano” que conocí

Delito de hambre

¿Y ahora qué?