Desmantelar la fuerza pública

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En una investigación sobre agua en barrios de Tijuana, México, un grupo de académicos encontró que, pese a la reciente construcción de redes nuevas que llevaban agua potable de manera continua a sus casas, las familias continuaban cosechando y almacenando aguas de lluvia. Las tinajas permanecían en los patios a la espera de aguaceros, tal y como en los días previos a la inauguración de la nueva tubería. Las mujeres usaban el suministro de agua potable pocas veces y preferían el agua lluvia para hacer funcionar los baños, lavar y regar las matas. Seguían, además, comprando agua comercial en bolsa o embotellada para cocinar y tomar. En un contexto de total desconfianza en el Estado, las mujeres preferían no depender de los servicios “públicos”, sino seguir limpiando los barriles de almacenamiento de agua e hirviendo el agua que allí se recoge. A estas rutinas les llaman “nuestro propio sistema de agua”, a diferencia del agua que sale por la llave que es la del “gobierno”.

Tras décadas de desapariciones forzadas y entrelazamientos entre fuerzas estatales y narcotraficantes, y en medio de oleadas de violencias impunes contra las mujeres, las habitantes de Tijuana sospechan de cualquier iniciativa pública. Al punto de preferir la lluvia con tal de mantener al Estado de lejitos, fuera de sus hogares. Aunque a primera vista podría pensarse que la extensión de redes de agua es un ejemplo de construcción de Estado, es tanto el miedo que lo estatal despierta en la población, que se trata más bien de un caso en que la población ejerce resistencia y se esfuerza por mantener a las instituciones al margen de sus cotidianidades.

Lo que nosotros, en nuestras rutinas diarias, estamos acostumbrados a llamar “el Estado” se hace visible, y se imagina, a través de prácticas localizadas. Instituciones como el Ejército, por ejemplo, o la Policía, o las fiscalías en sus sucursales locales trabajan en espacios precisos con discursos, reglas y funciones. El Estado, por lo tanto, se construye a través de la repetición, muchas veces banal, de las prácticas burocráticas y el seguimiento, casi mecánico, de los precedentes. Un burócrata, una funcionaria, un oficial, seguirán no sólo los manuales, sino sobre todo el ejemplo de otros tantos que vinieron antes. Detrás de cada una de estas prácticas, hay registros en papel y sentidos comunes.

El procedimiento estatal se repite sistemáticamente para una variedad de audiencias y en diferentes escalas. Y es a través de estos procedimientos que se delinean, producen y mantienen las desigualdades de poder y que se revelan distintas formas de control como la supervisión y la vigilancia de las poblaciones. En este sentido, los imaginarios que las personas forman sobre el Estado se basan en sus tratos particulares con instituciones. Estos imaginarios, a su vez, varían según la posición de las comunidades. Es difícil que alguien con apellidos y plata vieja se sienta maltratado por oficiales y oficinas en el transcurso de su vida. Es decir, de acuerdo con la clase social, las construcciones históricas raciales y la forma en que aprendemos a ser mujeres y hombres, algunos grupos tendrán sólo experiencias de terror y miedo en lo que concierne al Estado. Como en el caso de Tijuana, poblaciones enteras, indígenas, afrodescendientes, campesinas, temen a la mentada construcción estatal, que relacionan con la fumigación de sus aguas, el desorden, el robo de tierras, la llegada de hombres armados y la fuerza.

Con qué cara podemos hablar de la construcción de un Estado fuerte en los llamados territorios, después de la violación e intento de asesinato de una niña de 12 años perteneciente al pueblo emberá katío por cuenta de un grupo de militares. Cómo se puede pedir a los pueblos indígenas, en especial a las mujeres indígenas, que se sueñen parte de una Colombia de supuestos futuros compartidos después de esto.

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