Por: Augusto Trujillo Muñoz

Desnacionalizar la democracia

La crisis por la cual atraviesan los partidos políticos en casi todo el mundo está resultando muy aguda en Colombia. Aun así, buena parte de la literatura política insiste en que los partidos son la fórmula por excelencia para ordenar la acción pública y articular intereses o visiones plurales. En reciente informe de la revista Semana se lee que los partidos sirven para tramitar en forma pacífica los conflictos inherentes a una sociedad diversa.

No es eso lo que muestra la realidad en la realidad colombiana. Los partidos no tramitan –ni ayudan a hacerlo- los conflictos de la sociedad a base de una relación civilizada. Por el contrario, sus cuadros estimulan la polarización, suplantan la voluntad de los ciudadanos, contemporizan con escándalos de corrupción y, en inefable paradoja, privatizan sus cúpulas hasta el punto de divorciarlas, casi por completo, de las visiones plurales del conjunto social.

Por otra parte el país viene asimilando un fenómeno de apertura hacia la democracia participativa, la cual afecta el alcance y la vigencia del principio de la representación. Cuando el ciudadano común participa en la toma de las decisiones que lo afectan se está representando a sí mismo. Por lo tanto, no necesita quien lo represente. La importancia de los partidos políticos se reduce al escenario de las instituciones representativas y su influencia sobre la opinión tiende a marginalizarse frente a la realidad mediática y a las  redes sociales.

La crisis de los partidos se inscribe en el marco de una crisis más amplia, que afecta a las instituciones modernas y que aflora en el seno del estado-nación. Ya no coinciden  las fronteras culturales, económicas, políticas y administrativas que, artificialmente,  estableció la Modernidad. Los ejes actuales del planeta son dos: lo local y lo global. Pero sus fronteras no son políticas, ni económicas, ni administrativas, sino únicamente culturales. Tal vez por eso, el estado-nación viene mostrando su incapacidad para garantizar la gobernabilidad de las sociedades humanas.

Es preciso, entonces, desnacionalizar la democracia. La vida se mueve, hoy, en función de la aldea global y de la aldea local, en torno a las cuales se concreta un mensaje avasallante y, tal vez, inevitable: el mensaje “glocal”. Sin embargo la economía se globaliza, pero la democracia no. El Estado colombiano suscribe, sin reservas, acuerdos económicos que trasladan potestades nacionales hacia el ámbito global, pero se abstiene de trasladar competencias que, a cambio de legitimidad, fortalezcan el ámbito local. La democracia está colapsando en el terreno del estado-nación,

Hace un lustro se produjo un documento titulado “Por una democracia global”, entre cuyos firmantes recuerdo a Ulrick Beck. Su texto decía que globalizar la democracia es la única manera de democratizar la globalización. Pero faltó anotar que la democracia local es el punto cabal de encuentro entre las instituciones y los ciudadanos. Su fortaleza es la base insubstituible para avanzar hacia la neutralización de los desencuentro entre los ciudadanos y las instituciones, en el ámbito global. El propio Beck, años atrás, había escrito en uno de sus libros: “Aquellos a los que hemos elegido no tienen poder, y a los que tienen poder no los hemos elegido”.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable1

 

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