Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Despacito que es bolero

En algunos resúmenes promocionales de Tierra en la lengua se promete un misterio: “viendo que se acerca su fin, un abuelo pide a sus dos nietos que le quiten la vida. Sin embargo, los jóvenes descubrirán algo que los llevará a hacer lo contrario”.

Tras ver la película del boyacense Rubén Mendoza, pienso que no hay ningún misterio. Ni hay nada oculto o dramático que los nietos no sepan del viejo, al que seguramente conocen más bien que mal, a fuerza de ratos compartidos y chisme familiar. Tampoco es una película sobre el conflicto armado o que quiera explicar el país o su pasado.

Es más bien la historia de don Silvio. O de un hombre en un lugar que son los llanos orientales colombianos. De una forma de ser hombre a través de varias décadas. En muchas escenas parece como si la función de todos los otros (los trabajadores, las mujeres que pasan, los niños, el médico, los nietos, la esposa que no vemos pero que nos cuenta), fuera ayudarnos a conocerlo. Así, en el oficio de contarnos esta historia, la película logra apartarse de tantos otros relatos nacionales en los que el protagonista acaba siendo entre pícaro y cruel. El malo de siempre que aparece en libros, documentales, cine o telenovelas. El usualmente unidimensional.

No hay condescendencia para Silvio, que se metió en peleas en la calle, la finca, la política, el partido liberal. Al que “no le tembló la mano” para coger lo que quiso por la fuerza, para incumplir promesas o para ser agresivo con la esposa, los hijos, las mozas. Se insinúa (como una anécdota oral, sin imágenes) el terror que despertó: uno de sus hijos cuando niño se amarró el pene con una cabuya para evitar orinarse en la cama y hacerlo enojar. Tampoco se le romantiza, no es el llanero solitario con su propia ley y sus valores o el personaje incomprendido. No estamos ante un revolucionario más del libro de Las guerrillas del Llano, de Eduardo Franco, o de la celebrada Guadalupe Años sin Cuenta. No hay, pues, espacio para ninguna premiación. Sus nietos se burlan de él, de su situación, de su homofobia. Le recuerdan sin rodeos que es patético, que está solo. Le anuncian que habrá cuestionamientos y crueldad para él.

Aún si implacable con su protagonista, no se monta Mendoza en ningún trono moral. Va contándonos más sobre Silvio y sus negociaciones y batallas entre guerrilleros conocidos y paramilitares en ascenso. Sobre sus rutinas más cotidianas y su vida en espacios de goce, de baile, de humor y de ternura. Lo vemos en momentos de abierta contradicción (“Nos hacía morir de la risa, aunque teníamos miedo que estallara en cualquier momento: era como un payaso que infundía terror”), transitando caminos de movilidad social ascendente, ejerciendo algún poder de consumo o de frente hacia el fracaso. Como lo resume su esposa: “A varias de sus viejas les hizo casa aquí cerca de la nuestra cuando tenía plata. Porque Silvio no tenía nada, después lo tuvo todo y ahora de viejo lo volvió todo nada”.

En su forma suave y despaciosa, la película nos tiene varios días esperando a unos topógrafos que van a venir a medirle la tierra, para que lo reconozca como dueño el Estado. Y como les pasará a muchos, a don Silvio lo sentí muy cercano. Sus cuentos los encontré familiares, aunque vividos en otros lugares y con otros pájaros. Ya sea que llegue al primer, al segundo o al último grado de consanguinidad, la película es incómoda. Incómoda, como tener tierra en la lengua.

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