Despedida de una lectora

La imagen que me llevaré de mi país, con rumbo definitivo a México (cual Porfirio Barba Jacob o Fernando Vallejo) es la de una sociedad medieval. Imagen que no corresponde con mis recuerdos juveniles de 1991.

Escribo esta carta casi como un “ciudadano cero”, de esos que solemos aparecer en las encuestas (cada vez menos, hay que reconocerlo), en el rango de los que no saben o no responden. Siempre ha sido problemático para mí ese lugar. Creo que es diferente no saber a no responder. En mi caso, me voy porque no quiero “responder”.

No quiero quedar como la Santa Lucia (sin ojos), que muestra lucidamente José Alejandro Restrepo en sus Teofanías en el Museo de Antioquia. Es posible que las miradas de Restrepo me acompañen de aquí hacia adelante (incluso, y sobre todo en mis pesadillas). Me voy porque no quiero seguir mirando sin ver. Sé que me convertiré en una más, de los miles, de los millones de colombianos en los exilios, falsos y verdaderos. Esta última semana me ha demostrado que la Constitución de 1886 sigue muy viva (por esa razón se fueron en su momento Vargas Vila y Barba Jacob).

Yo, que no soy (todavía) escritora, sino un personaje (más) desesperado, casi encerrado en una vida que parece ser vivida en un baño de una facultad de teología, veo que Colombia retrocede a pasos apocalípticos (utilicemos esa expresión para darle gusto a las mayorías). Por fortuna, existe este bastión de la laicidad como lo es El Espectador, una tribuna que siempre ha luchado por la separación entre iglesia(s) y Estado.

No tengo “vírgenes de los sicarios” por escribir, ni perros callejeros que cuidar, y en eso me alejó de Vallejo. Comparto con él su “a-patriotismo”.

En esta era de “memorias de mis mesías tristes”, donde sólo se habla en términos de uribismo o antiuribismo. En esta era del hielo donde se habla en términos de patriotismo o antipatriotismo (léase, terrorismo), yo me declaro apátrida, que no es lo mismo que apática. Si me preguntan por Colombia diré que soy chilena, o mejor, latinoamericana. Gracias a El Espectador, por su valentía y por su independencia. Sé que hay otros como yo, que en silencio aplaudimos las posturas a contra-corriente.  me iré de Colombia sólo con esa imagen y con dos libros como “consuelo”: la Ética de Spinoza y El espacio vacío, de Yukio Mishima. Para mí, al menos por ahora, me falta aliento para más.

Remedios Lacouture. Medellín.

No hay con quien

Se produjo el espectacular rescate de secuestrados por parte del Ejercito nacional y las reacciones dejaron al mundillo político desconcertado y viendo un chispero. El espectro político nacional se ha trastocado en todos sus frentes. Las encuestas arrojan un respaldo casi total al Primer Mandatario. Las consultas presagian también que si no se lanza Uribe, el abstencionismo en las próximas elecciones presidenciales sería monstruoso.

Contrario a lo que muchos habrían pensado, la ex candidata Íngrid Betancourt no regresó ni fustigando ni guardando distancia del Gobierno. Por el contrario, mostrando una gran audacia, sensatez y olfato político, respaldó en gran parte su obra de gobierno y se mostró partidaria de un tercer período presidencial. Íngrid parecería no estar dispuesta a nadar contra corriente, además, el tiempo, a pesar de su larga ausencia, parecería jugar a su favor.

Los opositores al Gobierno y enemigos de la segunda reelección, a más que algunos, como Piedad,  quedaron políticamente sepultados, sus argumentos anti-reeleccionistas empezaron a perder fuerza.

Vistas así las cosas, una clara conclusión sobre los efectos del rescate es que en este momento no hay con quien. El pueblo colombiano, a gritos y por estruendosa mayoría, está pidiendo que Uribe se lance en busca del tercer período presidencial para que culmine con éxito su obra de gobierno.

Ricardo Buitrago Consuegra. Barranquilla.

 

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