Por: Santiago Montenegro

Déspotas antiguos

El fracaso del chavismo no  es, ni será, la última trágica lección que deparará la historia política de nuestra era. No sabemos ni cuánto tiempo ni cuántos muertos más harán falta para que termine este capítulo, que se suma a la larga y sinuosa historia de las sociedades cerradas.

Hay muchas formas de definirlas, pero quizá lo que tienen en común la Unión Soviética, el castrismo y el chavismo, tan aparentemente lejanos y diversos, es una idea muy simple: el partido y su jefe ya lo saben todo. Ya tienen el diagnóstico correcto y ya saben lo que hay que hacer para solucionar los problemas de la sociedad y lograr la felicitad para todos y para siempre. Y, como ya tienen la solución, sólo ellos pueden y deben gobernar, legislar, impartir justicia y determinar lo que hay que producir y consumir. Y, como ya tienen la verdad revelada, la receta de la felicidad, no hay costo ni sacrificios en los que no se pueda incurrir para alcanzarla, como apresar o eliminar a los disidentes, o a los que dudan y critican.

Las sociedades más prósperas de Occidente, por el contrario, están fundamentadas en el principio opuesto: nadie lo sabe todo. Por supuesto, esto nunca fue siempre así. Hasta el final de la Edad Media, los reyes y los papas tenían la verdad que les había revelado Dios y por ello determinaban todo lo que había que hacer. El Renacimiento comenzó a desafiar esta concepción, rescatando un principio de Sócrates, que Platón cita en su diálogo Menón y que dice “sólo sé que nada sé”. Ese principio fue permeando todas las dimensiones de la sociedad y del conocimiento y transformando la noción que se tenía de la geografía de la tierra, de la ciencia, de la justicia, de la producción de alimentos y de bienes, y, por supuesto, de la forma misma de gobernar.

Después de muchas guerras, revoluciones y convulsiones, de esa idea poderosísima de Sócrates nació lo que hoy llamamos el Estado liberal y la sociedad abierta. Es el reconocimiento de que nadie tiene la verdad revelada, de que la crítica y la deliberación juegan un papel central y que la sociedad, como el conocimiento, avanzan aprendiendo de sus errores, para no repetirlos. Es la noción de que el Estado no lo es todo ni lo puede hacer todo, de que debe concentrarse en la provisión de los llamados bienes públicos y de que hay otros poderes por fuera de él, en la sociedad civil y en un sector privado que produce bienes y servicios para el mercado. Es el reconocimiento de que el gobernante es humano y, por lo tanto, su conocimiento es limitado y está también lleno de ambiciones y defectos, razón por la cual su poder debe estar limitado, tanto en el tiempo como en el espacio, y su esfera debe sujetarse al Ejecutivo, porque existen otros poderes independientes, que legislan, imparten justicia y controlan al mismo gobernante.

Hoy en día, hay decenas de variantes del Estado liberal, desde los Estados del bienestar hasta otros donde cumple pocas funciones. Pero todos tienen en común la noción elemental de que nadie lo sabe todo.

Por estas razones, regímenes y personajes como Maduro o Raúl Castro son de otra era, pertenecen más a las sociedades absolutistas de la Edad Media o a los antiguos despotismos de Oriente.

 

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