Por: Cecilia Orozco Tascón

Desprestigios y mentiras

LOS POLÍTICOS TRADICIONALES SE han encargado de cultivar su desprestigio con paciencia de orientales pues nos han demostrado, con creces, que incurren en cualquier indecencia con tal de ganar elecciones y de feriarse los contratos grandes y pequeños del Estado.

Después de la dupla de gloriosos gobiernos en la que supuestamente Colombia se convirtió en un paraíso de paz y orden, nada ha cambiado en el ejercicio de las funciones públicas pese a que el Presidente llegó a su cargo —en parte— gracias a su promesa de “acabar con el clientelismo y la politiquería”. Me contradigo: el país sí ha cambiado… En esa materia está peor. Tenemos, incluso, un partido hecho a la medida presidiaria de La Picota, al cual le auguran los que saben contar votos, un éxito descomunal en las elecciones del próximo domingo. Sus “padres” se escondían antes y disimulaban sus pecados. Hoy sacan pecho, se declaran víctimas de la Corte Suprema aupados por la Casa de Nariño, y continúan haciéndole el quite a la ley enviando a sus “representantes” al poder legislativo. Vale decir, a sus esposas, hijos, hermanos, cuñados y sobrinos. Los otros partidos, que se presumen más ortodoxos, se entregaron por un plato de lentejas servido en forma de votantes cautivos.

Los psicólogos de la famosa serie estadounidense de televisión Lie to Me (“Miénteme”) que descubren, con base en los gestos involuntarios de sus interrogados, las mentiras que éstos pronuncian y las verdades que ocultan, tendrían aquí una mina de trabajo. Más útil sería, si nos visitaran, que encontraran las agujas en el pajar, o sea, a los poquísimos honestos de manos limpias, destinados a un presunto fracaso porque no compran ni se venden. Ojalá les abramos campo con nuestro voto sólo a los que no mienten. No hay que ser especialista en microgestos para saber quiénes están de este lado y quiénes del otro.

A propósito de lados.— Enredada en la maraña de sus venganzas personales, sus preferencias políticas y su muy particular confusión entre lo que es el interés general y el particular, Ana Mercedes Gómez, la otrora bien reputada directora de El Colombiano, conduce el diario de su familia al descrédito total. El informe que con gran despliegue hizo publicar contra el periodista investigador más importante del país —Daniel Coronell—, no cuenta con ninguna de las exigencias del periodismo, ni siquiera con la de la originalidad. Un contenido exacto al de su artículo de hace unos días y la misma proterva intención de neutralizar el efecto de las revelaciones de Coronell, tuvieron los siguientes medios y personas: 1. Candidato Uribe Vélez, abril de 2002, en Caracol Radio, para contestarle al noticiero NTC; 2. José Guerra de la Espriella, ex convicto, abril de 2002, para defender a su candidato Uribe; 3. Carlos Náder Simmonds, ex convicto, julio de 2005, para refutar su participación en amenazas contra Coronell y su familia; 4. Folletín La otra verdad, de Pedro Juan Moreno, agosto de 2005, para darles espacio a los ‘meritorios’ hermanos Ángel; 5. Un columnista de (oh sorpresa) El Colombiano, agosto de 2005; 6. Fernando Londoño, febrero de 2010, en Radio Súper, para desvirtuar las denuncias contra su candidato, Andrés Felipe Arias.  La “chiva” de Gómez es, pues, la repetición número siete. Queda claro a cuál grupo pertenece El Colombiano, qué defiende y por qué quiere destruir al denunciante. La señora Gómez cree que puede girar indefinidamente contra el poder de su diario. Pero su saldo hace rato que se encuentra en rojo. Y va derecho al despeñadero.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cecilia Orozco Tascón

El poder en la sombra

Caperucita desaparece, llega el lobo

Uribe, la víctima

Un fiscal que genera miedo