Por: Lorenzo Madrigal

Desproporción

Fuera de toda proporción han sido los ataques al expresidente Uribe, ahora cuando la Corte y la izquierda política, en sugestiva coincidencia, han resuelto cobrarle su predominio público, la inalcanzable cifra de rating que mantuvo su gobierno y el hecho de haberse constituido en baluarte del Estado frente al avance de fuerzas revolucionarias.

¿Qué no le han dicho? Juventudes que no tenían uso de razón cuando aconteció su gobierno vociferan o portan carteles de “asesino” y de “tirano”, tal y conforme las han adoctrinado. La tiranía de Uribe no es algo muy claro en la reciente historia. De mí sé decir que no tuve, en su largo mandato —prolongado por una abusiva reelección—, el más mínimo sobresalto, mientras ejercí el rol de crítico y lo vi ejercer por muchos periodistas. Vaya usted a hacerle cualquier bosquejo hiriente a Maduro, gobernante comunista, o a alguno otro de su especie. No se necesita, en cambio, ser un héroe para usar la pluma en este país de indeclinable democracia.

Los crímenes de falsos positivos, lo más canalla que haya podido ocurrir en una guerra, proceden de algún sector militar; esto es un hecho que avergüenza a la institución. No hay en ello origen civil y no se diga que afectó a la guerrilla, pues no fue a ella a la que le ocasionó bajas, sino a la población civil. Si por ello tildan de asesino al gobierno de Uribe, lo que nunca le enfrentaron a Santos, su ministro de Defensa (bien que éste denunció el hecho cuando le caía como un piano la responsabilidad civil), hay error en el direccionamiento.

A Uribe, de quien puede decirse que ganó el plebiscito del 2016 y la elección presidencial del 18, le encontraron en la vía judicial el pierde para su prestigio —que en un momento dado tuvo el apoyo de más de medio país— y para su eliminación de la escena pública.

Desesperada búsqueda de testigos por una parte y por otra, viajes al exterior para conseguir testimonios en contra del expresidente, a su vez acusado de contactar y presionar a otros en su defensa. Si hubo fraudes procesales y compras de testigos, la impresión es que se dieron por igual en ambos costados. Sobresale el escándalo de la interceptación abusiva que se hizo del teléfono del exmandatario por parte de los propios jueces, quienes lo tomaron sin justificación de otros expedientes.

Sabrán los abogados dónde está la falla y dónde ha pecado la misma justicia en persona de sus jueces —a quienes mal pueden denunciar quienes litigan permanentemente ante ellos—. El país entre tanto tiene muchas dudas y ve con horror cómo dos víctimas de la violencia política, cada uno por el asesinato de su padre, se desgarran a muerte y el país va tras ellos, mientras arrastran también en la debacle a la propia magistratura y a la más sagrada institución de la República, como es la Justicia.

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2019-10-13T14:52:58-05:00

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