Por: Luis Carvajal Basto

Después de ETA y Gadafi

Debimos esperar 50 años, para que quedara de nuevo en evidencia la esterilidad de la violencia y el terror. Los nuevos retos de la democracia.

Lo ocurrido el 20 de octubre se suma al torrente de acontecimientos de este 2011, el año de las revueltas árabes, del rebrote de la crisis financiera, de la quiebra fiscal de los gobiernos y de la aparición de un movimiento casi mundial de indignados que no parece saber lo que quiere, pero sí lo que no quiere.

En el caso de ETA, llama la atención lo que esa organización ha llamado “el nuevo tiempo político”, que seguramente se refiere a los recientes logros electorales de otros sectores de la izquierda Vasca. Para España puede significar el fin de la sombra siniestra del terrorismo, pero también el paso más firme hacia la independencia del País Vasco, idea que fue congelada y deslegitimada por las acciones  de ETA.

Lo de Gadafi, abre el camino para la democracia en Libia, un país que pasó de la invasión italiana a una efímera independencia monárquica y luego al modelo “socialista” del dictador, pero más allá de eso nos recuerda el  nuevo fracaso de esos regímenes “socialistas” que acaban convertidos en dictaduras familiares, como Corea del norte, para citar un caso y a los que no les faltan extemporáneos imitadores. Luego de ver el video con la captura y muerte de Gadafi, vale preguntarse si podrán acostumbrarse a vivir en paz, en un corto periodo, sociedades que desprecian de esa manera la dignidad humana. Ni el dictador, ni nadie, puede ser condenado y menos asesinado, sin un juicio justo.

Uno y otro proceso parecían detenidos en el tiempo, como suele ocurrir con los fanatismos que no atienden razones. En estos 50 años que terminan para ellos, se desmoronó la cortina de hierro, el mundo se globalizó y se inició la revolución tecnológica y de comunicaciones más grande de la historia. Después de tanta violencia, los libios siguen buscando la Libertad y muchos vascos pueden tener su criterio independentista más cerca que nunca de hacerse realidad, sin deberle nada a ETA. 

El 20 O, puede considerarse un triunfo de la democracia en un periodo en que esta afronta uno de sus momentos más complejos. Los gobiernos, en casi todas partes, pasan dificultades al gastar más de lo que reciben, corrupción incorporada; la economía global no se repone del impacto de la crisis de 2008 y ni siquiera se pueden conseguir unos acuerdos mundiales mínimos de política económica para mejorar su situación. El estado nación parece sorprendido por la globalización.

Por otra parte, a nivel  internacional, el desgaste del régimen político se observa en la crisis de los partidos. Asistimos al nacimiento de un movimiento de indignados que no les toma en cuenta y no se siente representado por ellos. Si su función es relacionar las demandas de los ciudadanos con las instituciones del estado y, mediante el recurso de la soberanía popular, decidir el rumbo de los países, no están cumpliendo a cabalidad su función: lo dicen los empresarios, cansados de la corrupción, pero también la gente que los observa impotentes para atender sus problemas. Ese estado, que no resuelve las demandas de sectores ciudadanos, es el mismo que  dejó actuar libremente a los fabricantes de burbujas.

Después del 20 de octubre, de Gadafi y de ETA, aprendemos nuevas lecciones, cuando las sociedades ponen el dedo en el botón “actualizar”  e inevitablemente renueva vigencia la frase de Churchill según la cual, salvo por los demás, la democracia, es el peor régimen político que hemos conocido. Pero nuestro presente revela que no nos está “dada”, como el agua o el sol, y que debemos ser capaces de atender los llamados de la  evolución humana y plasmarlos, lo más pronto posible, en las Instituciones y las formas de gobierno. El mismo Churchill dijo “si estas atravesando un infierno, sigue caminando”. Pues a caminar, entendiendo que la democracia debemos terminar de construirla, sin olvidar los costosos desastres del pasado.

 

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