Por: Héctor Abad Faciolince

Después de Fukushima

LOS JAPONESES SON METICULOSOS, precisos, precavidos. Aman y cuidan los detalles, como se puede ver en una pintura de Hokusai, en un haikú de Basho, en una novela de Kawakami o en una película de Kurosawa.

Hasta el diseño de sus automóviles (Toyota, Mazda, Honda) es una maravilla de delicadeza y precisión. Tienen el sentido de lo público, además, y por esto quisieron convertir su peor tragedia histórica (Hiroshima y Nagasaki) en un milagro técnico: energía atómica pacífica, diseñada para la prosperidad. Sus centrales nucleares eran un orgullo nacional. Todo en ellas estaba calculado —se suponía—. Ni la más grave de las catástrofes naturales pondría en peligro su funcionamiento. Estaban construidas a prueba de terremoto. En el cuidadoso Japón del siglo XXI, no podía ocurrir lo que pasó en la atrasada Unión Soviética. Fukushima nunca sería un Chernobyl. Pero lo es, y como ocurre con la radiación nuclear, lo seguirá siendo durante siglos, porque sus efectos no se pueden detener.

Esta grave advertencia apocalíptica tiene que servir para que el mundo se dedique con más seriedad al desarrollo de las energías alternativas. En un reciente informe de Le Monde se registran las experiencias más exitosas con fuentes de energía renovable. Gracias a ellas se puede prescindir de la energía nuclear y se puede revertir ese lento desastre en que se está convirtiendo el calentamiento global. Son tres las fuentes renovables de energía que el diario francés señala como la mejor solución a los problemas ambientales del planeta: agua, viento y sol. A diferencia del Content-Disposition: form-data; name="body"

Hasta el diseño de sus automóviles (Toyota, Mazda, Honda) es una maravilla de delicadeza y precisión. Tienen el sentido de lo público, además, y por esto quisieron convertir su peor tragedia histórica (Hiroshima y Nagasaki) en un milagro técnico: energía atómica pacífica, diseñada para la prosperidad. Sus centrales nucleares eran un orgullo nacional. Todo en ellas estaba calculado —se suponía—. Ni la más grave de las catástrofes naturales pondría en peligro su funcionamiento. Estaban construidas a prueba de terremoto. En el cuidadoso Japón del siglo XXI, no podía ocurrir lo que pasó en la atrasada Unión Soviética. Fukushima nunca sería un Chernobyl. Pero lo es, y como ocurre con la radiación nuclear, lo seguirá siendo durante siglos, porque sus efectos no se pueden detener.

Esta grave advertencia apocalíptica tiene que servir para que el mundo se dedique con más seriedad al desarrollo de las energías alternativas. En un reciente informe de Le Monde se registran las experiencias más exitosas con fuentes de energía renovable. Gracias a ellas se puede prescindir de la energía nuclear y se puede revertir ese lento desastre en que se está convirtiendo el calentamiento global. Son tres las fuentes renovables de energía que el diario francés señala como la mejor solución a los problemas ambientales del planeta: agua, viento y sol. A diferencia del petróleo, el gas o el carbón, estas son energías que no se acaban y que no liberan los gases responsables del efecto invernadero.

En Colombia hay que aprovechar algunas ventajas estratégicas que ya tenemos al respecto. Nuestra mayor fuente de energía eléctrica es una de las más limpias y de las más recomendadas: la presión del agua por gravedad. Siempre y cuando se respete el entorno físico, y se escojan sitios (como en el caso de Ituango) donde el impacto negativo sobre la población sea muy inferior al beneficio a largo plazo, nuestra geografía se presta para proyectos que serían un ejemplo para el mundo entero. Las centrales hidroeléctricas pueden servir incluso como una manera de controlar los desastres invernales en un país con enormes precipitaciones anuales. Si tuviéramos muchos más embalses escalonados en las cordilleras, el impacto sobre las tierras bajas podría moderarse mucho en los meses de lluvias. Almacenar agua durante el invierno, para mover turbinas con esa misma agua durante el verano, podría evitar tanto las inundaciones como las sequías, tal como la gran presa de Asuán regula las aguas del Nilo.

Alguna vez Napoleón dijo que si él fuera emperador de Egipto, ni una gota de agua del Nilo iría a dar al Mediterráneo sin antes irrigar partes del desierto, para producir comida. El lema colombiano debería ser parecido: que nuestra mayor riqueza, el agua, que hoy es vista como una amenaza, se pudiera acumular en grandes represas, para producir así energía para todo el continente. Que las aguas colombianas no lleguen al mar sin antes haber producido grandes cantidades de energía eléctrica. Una política como la que EPM ha tenido en Antioquia, si se extendiera a todo el territorio nacional, traería beneficios inmensos.

También habría que hacer, en los Llanos Orientales, experiencias piloto con energía solar. Buscar que pequeñas poblaciones, con el apoyo del Gobierno, transformen en energía eléctrica la energía solar, hasta lograr que algunos municipios sean autosuficientes. Con unos pocos casos en que se consiga usar eficientemente la energía solar, aunque los costos iniciales sólo se amorticen a largo plazo, el panorama energét

 

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