Por: Santiago Montenegro

Después de la crisis: China

DIEZ MESES DESPUÉS DE LA QUIEBRA de Lehman Brothers y luego del enorme esfuerzo de las autoridades económicas de todo el mundo para evitar la hecatombe financiera y económica se pueden comenzar a perfilar algunas conclusiones de lo que nos deparará el futuro. No en términos de cifras de crecimiento o de desempleo —que nos las conoce nadie— pero sí en términos de algunas características que tendrán las economías.

Pero, primero, recordemos que no hemos tenido una crisis sino dos. La primera crisis venía desde hace muchos años y se explicaba por los enormes desequilibrios entre unos países, como China, Japón, Alemania y varios emergentes, que se habían dedicado a ahorrar muchísimo, muy por encima de su inversión y, por lo tanto, a generar unos superávit muy grandes en sus cuentas corrientes y a acumular acervos gigantescos de activos externos. En el otro extremo estaban Estados Unidos, Reino Unido, España y los países escandinavos, que se dedicaron a consumir mucho y a ahorrar muy poco, a estimular el endeudamiento, a inducir burbujas de activos y a generar unos déficit enormes de cuentas corrientes. La solución a estos desequilibrios requería que los primeros países redujeran el ahorro, consumieran más, que China permitiera apreciar su moneda y, como resultado de todo esto, que se redujeran los superávit en cuenta corriente. Por su parte, a Estados Unidos, Reino Unido, España, entre otros, les correspondía incrementar el ahorro, reducir el consumo, subir las tasas de interés, desinflar la burbuja de los activos y recortar el gasto y el déficit público.

En esas estábamos, cuando por la quiebra de Lehman Brothers la economía mundial estuvo a punto de colapsar: los consumidores dejaron de consumir, los inversionistas de invertir y los bancos dejaron de prestar. No hemos caído en una depresión semejante a la de los años treinta, porque aquellos países que, hasta ese momento debían apretarse, han tenido que hacer todo lo contrario. Han reducido las tasas de interés prácticamente a cero, han expandido el gasto público sin ninguna vergüenza, han nacionalizado bancos y han emitido dinero sin pudor. Y seguirán haciendo esto durante mucho tiempo más. Como consecuencia, uno de los legados de la crisis en los países avanzados será una deuda pública gigantesca que, tarde o temprano, tendrá que ser atendida con mayores impuestos o con menor gasto o con los dos. Crucemos los dedos para que no utilicen el impuesto inflación como una forma de licuar la deuda pública.

Todo esto lo que quiere decir es que las economías avanzadas no van a crecer a tasas altas ni van a impulsar la demanda mundial durante mucho tiempo.  Las fuentes de crecimiento vendrán desde los llamados Brics y otras economías emergentes que tienen el espacio para volcar la demanda desde las exportaciones hacia el consumo doméstico.  Lo preocupante para Colombia es que, desde que salimos de la crisis de finales de los noventa, hemos mantenido persistentes déficit de cuenta corriente y fiscal —agravados por la presente crisis— por lo cual no tenemos mucho espacio para expandir la demanda doméstica. Tendremos que crecer con base en las exportaciones, pero con el problema de que nuestros mercados tradicionales, como Estados Unidos, Europa y los países vecinos, van a estar deprimidos durante mucho tiempo. Eso quiere decir que el enorme reto será dirigir nuestros esfuerzos para exportar a China, a India y a los otros grandes países emergentes. En forma creciente, el futuro de la economía colombiana deberá escribirse en hindi, coreano, pero sobre todo en cantonés y en mandarín.

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