Después de la magia de Palme

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Desde la espesura del trópico hay quienes sueñan con el ambiente político y social de los países nórdicos y evocan, como paradigma, su forma de hacer las cosas. Así alimentan la imaginación del público con logros ajenos. Costumbre que no tiene en cuenta las diferencias de origen, tamaño, complejidad, experiencia y valores entre esos países y los de nuestra América Latina. Impulso que tiende a ignorar disparidades esenciales entre los dos escenarios, en cuanto a las relaciones de economía y sociedad, y conduce a conclusiones cómodas que pueden estar equivocadas.

Dinamarca, Suecia, Noruega, Islandia y Finlandia ocupan un territorio que, sin la despoblada Groenlandia, cabría más de 20 veces en Latinoamérica, y la suma de su población no pasa de 30 millones. Otra cosa es que allí fueron capaces de obtener un modelo de bienestar y justicia social que llegó a su esplendor hace más de tres décadas. Logro evocado con cada aniversario de la muerte de uno de sus protagonistas, el entonces primer ministro de Suecia, Olof Palme.

Hace 34 años, cuando el jefe del Gobierno acababa de salir de cine y caminaba hacia el metro para regresar a casa junto con su esposa Lisbet, sin escoltas, como solía andar para llevar en lo posible la vida de un ciudadano corriente, alguien le disparó por la espalda con tal puntería que al tocar el suelo ya estaba muerto. A pesar de que andaban por Sveavagen, la calle más transitada de Estocolmo, no se pudo identificar con certeza al asesino, aunque muchos testigos presenciaron el crimen y la huida del asaltante por unas escaleras hacia la calle siguiente.

Hasta ese momento, su partido, el Socialdemokratiska Arbetareparti, había logrado desarrollar gradualmente las dos primeras etapas de un proceso iniciado en 1932, que le permitió gobernar de un empujón hasta 1976, y luego del 82 al 91, del 94 al 2006, y del 2014 hasta hoy. Con paciencia, cautela, elaboración cuidadosa de propuestas políticas y capacidad de convocatoria y negociación con otros actores de la vida económica y del poder político, los socialdemócratas suecos consiguieron no solamente apoyo popular suficiente para gobernar, sino que lograron consolidar un modelo de bienestar social reconocido universalmente por sus resultados de igualdad y compromiso en torno a un proyecto común. Todo, curiosamente, bajo una monarquía constitucional.

Palme provenía de familia privilegiada, pero resolvió unirse a la causa de los sindicatos e hizo carrera junto al legendario Tage Erlander, autor del tejido de la socialdemocracia sueca, inspirada en las de Alemania y Dinamarca. Como sucesor de Erlander, con estilo propio, logró consolidar reformas laborales, educativas, de tratamiento de género y de servicios públicos de salud y educación, y se convirtió en abanderado de causas como la oposición a la Guerra de Vietnam y las luchas contra la dictadura franquista y el racismo del apartheid. Motivos internos y exteriores que agruparon en torno a él sentimientos encontrados de admiración y también de animadversión que pudieron llevar a su muerte, que significó el inicio de una leyenda.

Göran Therborn, célebre profesor sueco de sociología de la Universidad de Cambridge, ha hecho recientes esfuerzos por dilucidar los acontecimientos que, a lo largo de las últimas tres décadas, pudieron desconfigurar los logros conseguidos por los socialdemócratas hasta la muerte de Palme. De sus relatos se puede deducir que, lo mismo que en otros países que en su momento consiguieron conquistas formidables de igualdad, bajo un esquema de capitalismo controlado por un verdadero Estado social de derecho, el proceso sueco muestra realidades de alejamiento de esos paradigmas, añorados en otras latitudes como si nada hubiera cambiado.

Therborn refiere la “contrarreforma” que tuvo que aceptar el Socialdemokratiska Arbetareparti ante la pérdida de competitividad de la industria sueca frente a la competencia oriental, el desánimo de la inversión y la reducción de las ganancias en sectores como el textil, el forestal, el siderúrgico y el del ensamble naval. Los trabajadores tuvieron que hacer sacrificios salariales para facilitar la supervivencia de sus opciones laborales, y con ello mutaciones hacia el fortalecimiento de un modelo de primacía de los proveedores de empleo, a quienes se rebajaron los impuestos, todo bajo el dominio del capital financiero. Adiós entonces a la ilusión del pleno empleo y al paraíso temporal de la realización de un Estado de bienestar.

Es muy posible, dicen sus contradictores, que la visión de Therborn lleve la marca de su pesar por los golpes al credo que compartía con Palme. Pero sería difícil negar que la economía sueca pasó a depender en gran medida, como lo dice él mismo, de los banqueros de Nueva York. Como sucedió en tantas partes ante la avalancha de una lógica que no es la de las épocas “románticas” de la era industrial, relegadas por figuras económicas que arropan criterios y propósitos políticos con beneficiarios silenciosos capaces de manejar desde lejos las cuerdas del poder.

Pero el golpe al modelo sueco no ha sido solamente de naturaleza económica. En el orden educativo, y en el de los discursos que circulan por las venas de la sociedad, se manifiestan ingredientes como el de la xenofobia, nutrida con la idea de que la sociedad está bajo la amenaza de la inmigración, y la aparición de think tanks encargados de difundir interpretaciones del país y del mundo que van en contravía del famoso modelo de años atrás.

Para que no quedemos con la impresión de que todo se ha perdido, tampoco se ha llegado al extremo de que los reveses hayan sido definitivos. El concepto de bienestar, välfärd, todavía tiene connotaciones positivas, con sus ingredientes de mejora de servicios estatales prestados honestamente, bajo un modelo impositivo que trata de evitar la profundización de desigualdades. El emprendimiento orientado a nuevas tecnologías abre nuevas avenidas y plantea opciones de desarrollo que van más allá de los escenarios tradicionales y suscitan nuevas miradas. Quedan también la disciplina social y una tradición de protagonismo ciudadano que, aún con alianzas, sostienen al SAP, con Stefan Löfven, en el poder, siempre en ejercicio de los malabarismos requeridos para defender un proyecto renovado, sobre la base de las ganancias históricas de otro momento. De manera que la “contrarreforma” que menciona Therborn no ha terminado, y no va a parar.

En lugar de alimentar añoranzas de otras épocas, tal vez el ejemplo sueco sirva para entender que el mundo ha cambiado, y que los propósitos de realización del Estado social de derecho que proclama nuestra Constitución no se pueden calcular conforme a parámetros anacrónicos. Así que la evidente, aunque todavía frágil, germinación de un poder local, puede ser entre nosotros factor de avanzada hacia una democracia más profunda y descentralizada, que para compensar sus precariedades requiere cada día más de ciudadanía y mejor contenido.

Es ahí donde sí puede resultar útil la evocación de la tradición sueca de acción pacífica, paciente y constructiva, no para esperar, a la manera colonial, que el Estado se acuerde de “comunidades olvidadas”, como si gobernaran todavía los virreyes de Santafé, sino como expresión de los propósitos de una sociedad capaz de protagonizar los propios hechos de su progreso, su igualdad y su bienestar.

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