Después de la pandemia

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Por Sebastián F. Villamizar Santamaría*

Las tres lecciones que nos ha dejado el coronavirus hasta ahora apuntan todas a que es insostenible el modelo de sociedad tan desigual que tenemos.

La primera lección viene del movimiento feminista. La cuarentena sirve para evitar el contagio, pero nos demuestra cuán desiguales son las relaciones dentro del hogar. Pero lo más grave es que la violencia doméstica puede exacerbarse todavía más; algunas mujeres pueden estar en situaciones mucho más delicadas que antes porque ahora viven encerradas con sus abusadores. Si quedarse en casa es más seguro, hay que preguntarse para quiénes no lo es. Algo similar ocurre para las personas LGBTI, que podrían tener que sobrellevar más relaciones abusivas dentro de sus hogares porque no pueden salir a espacios seguros.

La segunda lección viene del movimiento laboral. Las licencias remuneradas, el teletrabajo y otras garantías en estos tiempos han sido victorias de algunos sindicatos y organizaciones laborales fuertes alrededor del mundo. Pero el éxito de esas opciones depende de que las personas tengan internet y buenos dispositivos para conectarse, lo cual no es la regla en muchos casos.

Pero no muchos corren con la misma suerte laboral, sobre todo en un país como el nuestro en el que casi la mitad de la gente tiene trabajos informales y depende de un sustento diario. Esas personas, que ya estaban desprotegidas antes, terminan siendo aún más vulnerables con la cuarentena porque se quedan sin los pocos ingresos que obtenían.

Por eso la tercera lección viene de la desigualdad de ingreso. No son muchas las personas que pueden comprar comida y otras cosas para 15 o 30 días en una sola transacción. Y quizá algunos de quienes lo pueden hacer usen tarjetas de crédito, que hace que se endeuden aún más en un clima de inseguridad laboral indefinido. Sin ingresos fijos, tampoco se pueden pagar arriendos, cuotas de vivienda y servicios públicos, y pasar la cuarentena en la calle, como les toca a las personas en situación de indigencia, tampoco es más fácil.

Un simple virus nos ha mostrado las complejas interconexiones entre género, trabajo y bienestar. Y nos ha hecho reflexionar también sobre lo desiguales que son esas relaciones. Por eso, en este momento es que pueden tomar fuerza algunas ideas que hasta hace un mes eran irrisorias: un seguro de salud público robusto y un ingreso mínimo universal. Si tenemos buenos hospitales a los que todos podamos acceder sin que nos cobren millonadas y un salario garantizado para cada familia, ningún virus terminaría siendo una competencia en la que los más ricos sobreviven.

La pregunta al final es qué tipo de sociedad queremos cuando salgamos de esta cuarentena. La desigualdad tan abierta que ha hecho evidente el COVID-19 nos ayuda a pensar en que podemos tener sociedades más igualitarias si presionamos a los gobernantes y empresas. Si se pudo tener Estados de bienestar fuertes después de las guerras mundiales, de pronto este es el momento de pedir uno para nosotros también.

@sebvillasanta

* Candidato a doctor en Sociología del CUNY Graduate Center.

 

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